Editorial

Cuando nuestros hijos crecen

La vida nos lleva por diferentes caminos, pero a pesar de que cada uno crea que los senderos que nos toca recorrer son únicos, la verdad es otra. Las similitudes son muy frecuentes y en todas las familias suceden más o menos las mismas situaciones.

Analicemos tan solo un aspecto: por ejemplo, tomemos en cuenta lo que sucede con nuestros hijos, cómo van cambiando a medida que crecen y cómo el entorno que los rodea los hace pensar de una manera diferente, a veces tan diferente que nos preguntamos si esos son nuestros pequeños que hasta hace poco nos enternecían con sus graciosos actos.

Como padres, ¿quiénes de ustedes no se han visto en esta situación?

Los hijos crecen y de los pequeñitos que nos alegraban y nos hacían sonreír cuando aún los podíamos sostener en nuestros brazos, ya no queda ni la sombra. Antes nos hacían caso y no nos levantaban la voz, todavía podíamos regañarlos y aunque a regañadientes, nos obedecían.

Ya crecidos y convertidos en jóvenes, “teenagers”, las cosas cambian radicalmente para la mayoría de los hogares: no se les puede ni hablar, cuando tenemos la suerte de que se paren frente a nosotros, porque cuando llegan a la casa con un “hola” y desaparecen rumbo a su bunker (su cuarto), donde se encierran hasta la siguiente salida, que coincide con la de la comida, para luego desaparecer como fantasmas. Cuando preguntamos:

¿qué hacen? La respuesta, cuando se dignan a contestar, es la misma: texteando con los amigos o la novia, o jugando con el computador, algunas veces, “estudiando, papá” y esa respuesta nos tranquiliza. Ellos nos conocen y saben cómo manejarnos.

Pero nuestros hijos ya no participan de diálogo alguno con los padres y cuando se trata de entablar uno y les recriminamos por la falta de participación en actividades familiares, la respuesta es la misma: “¿Para qué?”, “¿De qué quieren que hablemos?” “Ustedes no me entienden”, “¿Vamos a empezar con la misma historia?” “¿Qué tiene de malo que yo salga con mis amigos?”

“¿Otra vez para fiesta?”, les preguntamos. “Yo tengo que disfrutar mi juventud”, responden ellos. “¿Y a qué horas llega?”, indagamos preocupados. “No sé”. Y así transcurre el “diálogo” en casa, los jóvenes se marchan. Muy poco sabemos sobre su vida fuera y dentro de la casa y, desde luego, son más confidentes con sus amigos que con sus padres.

Y nosotros como padres nos preguntamos: ¿en qué fallamos? ¿Porqué no podemos tener un diálogo con nuestros hijos?, ¿ser una familia?, aquella que soñábamos cuando aún disfrutábamos al salir a un parque o ver una película, o disfrutábamos saliendo a comer, ¿dónde quedaron todos aquellos gratos momentos?

Cuando ya se van definitivamente de casa, guardamos la esperanza que van a regresar a visitarnos con frecuencia y claro, que todo va hacer distinto, se van a acabar las discusiones por los deseos de libertad y aunque nos duele su partida, nos resignamos, pensando que tienen derecho a hacer su vida, nosotros ya hicimos la nuestra. Aunque hemos oído historias de hijos que no regresan o lo hacen con muy poca frecuencia, nos resistimos a creer que nuestros hijos se enmarquen dentro de ese grupo de hijos desagradecidos. No, nuestros hijos son especiales, y los hemos criado bien, lo decimos como defensa de nuestra manera como los educamos. Nuevamente nos equivocamos. Pasa el tiempo y nos damos cuenta de que si queremos ver a nuestros hijos o ver a nuestros nietos, lo más fácil es tomar carretera o avión y caerles de sorpresa, porque si avisamos, podemos encontrarnos con el “no vamos a estar este fin de semana” o el… “salimos de viaje”. Muchos hijos viviendo cerca de sus padres, pasan los días y semanas sin que vayan a saludarlos, a saber, al menos, como se encuentran.

Pensamos que nuestro caso es único, pero siento desilusionarlos, es más frecuente de lo que pudiéramos pensar. Es la historia común de hijos que no frecuentan a sus padres y, créanme, no es por falta de amor o porque no les interesemos, es simplemente por que la vida los ha llevado por caminos alejados del verdadero amor hacia los padres. Algunos creen erróneamente, allí están mis padres, ellos están bien, y creen que siempre vamos a estar allí para cuando quieran visitarnos, pero: “nadie es eterno en el mundo”. Quizás algún día, un día luctuoso y lúgubre, cuando quieran visitarlos, se encuentren frente a una tumba fría y gris, y ese “te quiero” que muchas veces enmudeció en su labios, ese “te quiero” que dejaron atorado en su garganta sin permitirle aflorar en sus labios, ahora que pueden gritarlo, sólo escucharán el eco de su voz, como respuesta, porque ya no están ellos para recibirlos porque ya, ya es demasiado tarde….

Será que es la ley de la compensación, como dicen algunos, rige nuestro comportamiento: lo que tú hiciste con tus padres te lo harán tus hijos y así sucesivamente. Personalmente, no lo creo, y si así fuera, deberíamos romper con ese círculo que nos asfixia y nos corroe. Los padres no esperamos de nuestros hijos bienes materiales, necesitamos sólo palabras de amor, verlos, así sea como visita de médico, por unos pocos minutos, conversar con ellos (si a nuestro monólogo se le pudiera llamar “conversar”). Eso nos basta, nos alegramos con sus triunfos, y nos dolemos con sus dificultades, pero quisiéramos escuchar de ellos, de sus éxitos y sus conflictos, de sus proyectos, compartir sus planes y sus sueños, en fin, derrumbar las barreras de la edad y el tiempo y poder compartir como padres e hijos. Sin embargo, veo en mi quimera tan sólo un deseo que se pierde en lontananza, se pierde con el paso de los años y se aleja cada vez más de la realidad de nuestras vidas. ¿Qué nos faltó? Quizás más Dios en nuestras vidas, quizás menos de todo y más de amor…

El Director
Jairo Vargas
Latino News, LLC

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más leído

To Top
Translate »