Editorial

De cara al porvenir

A veces un olor o un sabor bastan para provocarnos las sensaciones más diversas. Hace tiempo, Javier García, mexicano de nacimiento, chicano por las circunstancias, amigo genuino, nos invitó a una comida en su casa allá en Alabama, Estados Unidos.

Habitado por la nostalgia, Javier habló de su juventud en El Gran Café de la Parroquia del Puerto de Veracruz, en México, donde él y sus amigos se reunían a principios de los años sesentas. La añoranza de sus mocedades lo llevó a hurgar en el pasado y se levantó a buscar un álbum de fotografías -un lugar mucho más confiable que la memoria- donde estaba estampada, en blanco y negro, toda esa época de la que él hablaba con emoción y entusiasmo.

En las fotos, Javier y su grupo están sentados alrededor de una mesa en la que no faltan los vasos de café con leche y el pan dulce recién horneado, las conchas y las michas: bolillos untados con mantequilla. En las imágenes, algunos de ellos, entonces muchachos, conversan, otros leen el periódico o sopean el pan en el café. Pero todos lucen contentos.

¿Sabes de qué nos reíamos? -me preguntó entonces. -Éramos felices, vivíamos en nuestro país, con nuestras familias, viendo crecer a nuestros hijos, disfrutando de nuestras comidas y de nuestras costumbres. Éramos amigos del alma, habíamos descubierto la amistad y, al reunirnos, era como si estuviéramos inventando la vida y cantábamos al son de la marimba: “México lindo y querido si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”… Cantábamos y reíamos sin siquiera imaginar el destino que nos esperaba a cada uno de nosotros.

Esa tarde, Javier desgranó uno a uno sus recuerdos: acentos de nostalgias que compartió con el resto de los invitados, entre los cuales estaba yo, acariciando, más que bebiendo, el pequeño vaso de tequila que tenía en las manos. -Al final, lo único que quedará de nuestra mortal miseria corporal, es esto -dijo Javier señalando las fotografías.

El tinte de la plática comenzó a adquirir, como las nubes que asomaban por la ventana de su departamento, un aire brumoso. La alegría con que estrenó al principio el recuerdo de los viejos tiempos no logró contagiar después aquel presente y en cambio, comenzó a vislumbrar el futuro con pesimismo. Javier tenía, a mi juicio, la sensación de que se preparaba para una despedida.

El porvenir le llegó sin darse cuenta. Murió pocos meses después. Me enteré por un correo electrónico que mandó uno de sus amigos. Tras la trágica noticia, la primera imagen que me vino a la memoria fue la del vaso de tequila intacto que yo tenía entre las manos. Después, poco a poco, se fueron ordenando los recuerdos.

Javier era no solamente un extraordinario anfitrión, sino que tenía también el gusto por las buenas conversaciones y a pesar de que dedicó la mitad de su vida a hacer trabajos de albañilería en Estados Unidos, él sabía mucho sobre la historia de México. Contaba anécdotas de artistas mexicanos que como él habían tenido que emigrar a otros países.

La última vez que lo vi, fue aquella tarde, en su departamento en Alabama. Cuando me despedí de él, prometió que me enviaría una botella de tequila a mi hotel:”menos malo del que te ofrecí”- dijo. Después me abrazó con ternura y cerró la puerta. Nunca lo volví a ver.

Hace unos días, leyendo un poema, me acordé de él. El poema dice así: “¿Morir? No. Es demasiado bello para ser cierto, el tránsito a fin de cuentas no es más que otro espasmo muscular. Lo continuo no cesa, así que cálmate. Deja ya de sentarte al borde de las sillas,  deja ya de mirar el reloj y de acariciar el borde de un vaso de vino”. Entonces, abrí la botella que me regaló y me serví un vaso de tequila y brindé por él en silencio y de cara al porvenir.

Por: Sofía Mercado

3 Comments

3 Comments

  1. Beto Buzali

    10/10/2012 at 3:06 pm

    Sofía es extraordinaria en el arte de narrar lo cotidiano: toca fibras muy sensibles.

  2. MVR

    10/10/2012 at 3:07 pm

    Muy buen artículo pero qué triste es tener que emigrar para luego morir lejos de nuestro país. Gracias por la canción! It hits me right home.

    Mis respetos para Sofía Mercado por su manera sencilla de transmitir todas esas emociones que de muchas maneras sentimos todos donde sea que nos haya tocado vivir.

  3. Pedro Vergara

    10/10/2012 at 3:15 pm

    Sofia nos hace llorar, saborear, disfrutar y recordar a nuestro México lindo y querido.

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