Editorial

De esto no se habla

Hay cosas de las que los norteamericanos prefieren no hablar. Una de ellas son sus armas. Y la otra, las drogas.

Empecemos a balazos. A pesar de las masacres frecuentes y el alto índice de asesinatos, la mayoría de los estadounidenses prefiere tener absoluto acceso a sus armas que prohibir su uso. Y mientras no se limite el uso de pistolas y rifles en Estados Unidos, las matanzas continuarán. Ni el presidente Barack Obama o el candidato Republicano Mitt Romney se han atrevido a romper ese código de silencio.

Estados Unidos es uno de los más violentos entre las naciones desarrolladas del mundo. Un reporte de la Oficina de Drogas y Criminalidad de las Naciones Unidas lo corrobora: Mientras que en Estados Unidos hubo 12.996 asesinatos en el 2010, en Alemania sólo hubo 690, Italia tuvo 529, Japón 506 y Suecia 91.

Pero no hay nada. No se discute ni en mítines políticos ni en programas de televisión.
El temor es tan grande a perder votos y a enfrentar la furia de los portadores de armas que ni Obama ni Romney se atrevieron a decir nada al respecto durante las pasadas convenciones nacionales de sus partidos.

Los estadounidenses suponen automáticamente que cualquier político que critique la legislación actual sobre las armas tratará de modificar la Segunda Enmienda a la Constitución que garantiza “el derecho del pueblo de poseer y portar armas”. Quien tratara de hacer eso se convertiría en un blanco para la poderosa y bien financiada Asociación Nacional del Rifle, y simplemente carecería de futuro político.

Pero la segunda enmienda fue escrita en 1791, y no estamos en 1791. Ese derecho puede ser limitado o regulado por el bien común, como todos los derechos. Y el bien común, en este caso, es evitar las masacres y bajar la tasa de homicidios. Sin embargo, este no es, ni siquiera, un tema de campaña.

Estados Unidos es un país donde, en promedio, existe un arma por cada uno de sus 311 millones de habitantes. Matar es fácil. Y muchas de las armas que aquí se venden terminan del otro lado de la frontera en manos de narcotraficantes mexicanos.

La malograda operación Rápido y Furioso – que permitió el paso de unas 2,000 armas de Estados Unidos a México – es sólo un ejemplo de lo que ocurre todos los días pero sin el permiso del gobierno norteamericano. Esas armas son usadas por narcotraficantes mexicanos para traer drogas a Estados Unidos. Y ese es otro de los temas del que casi nadie habla.

El consumo de drogas en Estados Unidos no cesa. Según una encuesta en 2010 realizada por el Instituto Nacional de Abuso de las Drogas, más de 22,6 millones de estadounidenses – o sea, 9% de la población de 12 años de edad o más – admitió haber consumido algún tipo de droga durante el mes pasado. La administración de Obama ha gastado más de 31 mil millones de dólares en campañas de salud y prevención, pero los resultados son mínimos.

Ni el propio presidente, que tanto ha gastado, ni su contrincante Mitt Romney han hecho de las drogas un tema central de su campaña. Es como si ambos partidos hubieran aceptado, tácitamente, que ese no es un asunto prioritario para el votante norteamericano.

Tampoco en Estados Unidos existe la conciencia de que su gigantesco y multimillonario uso de drogas es, en parte, culpable de los 65 mil muertos o más de la lucha contra el narcotráfico en México. Si no hubiera drogadictos en Estados Unidos, no habría tráfico de drogas a través de México y la violencia en ese país sería mucho menor. Ese es otro tema perdido.

Esta actitud tiene consecuencias muy graves y muy concretas: Todo seguirá igual o peor, gane quien gane la Casa Blanca.

Más masacres, más consumo de drogas, más violencia. Armas y drogas: De esto no se habla.

Por: Jorge Ramos
E-mail: Jorge.Ramos@nytimes.com

Foto: Cortesía de: http://conversandocon.wordpress.com

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