La nación

Donald Trump, de «enfant terrible» a hombre de Estado

Nueva York – Agencias.

Algo se mueve en el mundo de Donald Trump. El suyo es un baile tectónico, de momento poco ruidoso, que podría alterar la imagen que proyecta y redoblar sus posibilidades. Si hasta ahora obtuvo pingües frutos de su incontinencia, sus abundantes pasotes, su vitriolo incendiario, parece haber comprendido que ha llegado el momento de reinventarse. Siquiera para alcanzar la convención republicana en Cleveland y no enfrentar un muro, no digamos ya si anhela ganar a las elecciones de noviembre, necesita alterar su imagen. El «enfant terrible», el pirómano que machacó a Jeb Bush y Marco Rubio, el púgil por el que nadie apostaba hace un año, está a un paso de optar al título de los pesos pesados. Pero no puede afrontarlo con el partido en contra, liado en un tiroteo perpetuo con Reince Priebus, presidente de los republicanos, y con unos índices de popularidad que meten miedo. El 68% de los independientes le declara su odio. Sus números son particularmente malos entre colectivos esenciales como mujeres, negros e hispanos.

El magnate Donald Trump, ayer en un mitin en Connecticut Reuters.

El magnate Donald Trump, ayer en un mitin en Connecticut
Reuters.

Decidido a apuntalar su metamorfosis, Trump ha nombrado a un nuevo gurú, Paul Manafort. Palabras mayores: Manafort es un legendario asesor y lobista. Actuó como consejero político en las campañas presidenciales de Gerald Ford, Ronald Reagan, los dos Bush y John McCain. Lo primero que ha hecho ha sido acercarse a la reunión del comité republicano, en Florida, para vender la buena nueva de un Trump respetable. Aunque el encuentro no estaba abierto a la Prensa, alguien metió una grabadora y le ha pasado al «New York Times» su discurso. «Los aspectos negativos disminuirán», reproduce el «Times», «y su imagen va a cambiar, pero Clinton seguirá siendo Clinton la deshonesta». Quieren vender que Trump ha representado un papel. Que sus salidas de tono, los exabruptos y las barbaridades no se corresponden al pensamiento de un hombre forzado a portar una máscara, mitad payaso, mitad trueno. Es posible, si bien la imagen de Trump en campaña encaja de forma milimétrica con la que cultivó durante décadas. El triunfador corrosivo. Dueño de un ego mayúsculo. Palabrón y feliz de haberse conocido. Alguien que muere por ocupar el centro del escenario, adicto a los focos y emperador de la jet neoyorquina y los «reality shows».

Loco por sellar la paz con el «establishment», Manafort reiteró que Trump les «ha ordenado reunir a un equipo de profesionales capaces de terminar el trabajo, y también para establecer puentes con el partido». «Hemos comenzado todas esas conversaciones», añadió, porque «[Trump] quiere un equipo unido». Hay que fumar la pipa de la paz, todos unidos en perseguir el triunfo con Trump al mando, mientras Manafort trabaja contrarreloj para abrillantar los futuros discursos del jefe.

Al mismo tiempo que el «New York Times» reproducía el discurso de Manafort, publicaba otra pieza en la que daba cuenta de la reunión del grupo Nuestros Principios: un poderoso conglomerado de activistas, ideólogos, lobistas y políticos republicanos unido por el deseo de hacer descarrillar la candidatura de Trump. En declaraciones al «New York Times», Katie Packer, directora de Nuestros Principios y antigua mano derecha de Mitt Romney, lo tiene claro: «Vamos a vender nuestra alma para qué, ¿para perder nuestras mayorías durante una generación?». Han gastado más de 16 millones en publicidad contraria a Trump y, sea cual sea la actitud del resto de partido, planean mantener el sitio. Entrevistada por Robert Siegel, de la emisora NPR, Packer reiteró su preocupación porque «Trump no parece compartir ninguno de los principios básicos históricamente importantes para los republicanos». Para Packer, convencida de que los principios del magnate son como los de Groucho Marx («estos son, si no le gustan tengo otros»), «carece del carácter y el temperamento para ser presidente».

Entrevistado por Sean Hannity, estrella de la Fox, Trump presumía el jueves de contar con el respaldo de dos antiguos oponentes, el neurocirujano Ben Carson, adorado por los evangelistas, y el gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie. Su discurso, atemperado, fue el de un hombre que busca reunir junto a sí a todos los que odiarían ver a Hillary como presidente, un hombre que superada la etapa de la guerra de guerrillas habría comprendido que necesita rebajar el octanaje de sus intervenciones. A tal fin se aplicará esta semana, en la que no sólo aspira a ganar en Connecticut, Delaware, Pensilvania, Rhode Island y Maryland, sino que el 27, tras las primarias, ofrecerá un discurso en Washington para hablar de política exterior. Primera de una serie de intervenciones muy calculadas con las que mantener la dualidad de una campaña crecientemente esquizofrénica. Exaltada y furiosa en los mítines. Apaciguada, casi respetable, en los foros convencionales.

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