La nación

El adiós a Bush padre brinda una tregua en la América crispada de Trump

En la imagen, Trump, junto a tres de los cuatro expresidentes estadounidenses vivos.

Líderes mundiales despiden en Washington D.C. al expresidente de EEUU, fallecido el pasado viernes

5 de diciembre de 2018 – Washington – Agencias.

El funeral de Estado por George Bush padre, fallecido el viernes a los 94 años, reunió este miércoles en Washington a los cinco presidentes vivos del país y brindó una suerte de tregua institucional en la crispada era de Donald Trump. Con caras más o menos largas, el actual mandatario y la primera dama se sentaron junto a Barack y Michelle Obama, Bill y Hillary Clinton y Jimmy y Rosalynn Carter. Bush hijo llegó junto a su familia para despedir a su patriarca, el hombre que gobernó Estados Unidos entre 1989 y 1993 y selló el fin de la Guerra Fría.

Estados Unidos no tiene realeza, pero la solemnidad y adoración por el rito que envuelven sus ceremonias políticas -de la toma de posesión de la presidencia al adiós a un mandatario- hacen palidecer muchos fastos monárquicos. Es también un país delicado con los símbolos, volcado en los detalles poderosos que crean relatos, y de ahí el protagonismo de Sully, el perro guía de Bush hasta el final de sus días, cuya imagen tumbado en el suelo, velando el cadáver de su dueño, fascinó a medio mundo esta semana; al igual que el sobrecogedor saludo de militar del senador Bob Dole, de 95 años, que llegó en silla de ruedas ante el ataúd y, con ayuda de un asistente, se levantó temblorosamente para cuadrarse ante su viejo rival de las primarias republicanas de 1988.

El féretro de George H. W. Bush (Milton, Massachusetts, 1924), hijo del senador Prescott Bush y padre del presidente George W. Bush, entró la catedral nacional de Washington envuelto en la bandera estadounidense, cargado por militares y al redoble de campanas, tras dos días de capilla ardiente en el Capitolio, durante los cuales ciudadanos de todo el país acudieron para presentar sus respetos. La canciller alemana, Angela Merkel, el rey Abdalá de Jordania y el príncipe Carlos de Inglaterra también asistieron al funeral del cabeza de una de las grandes dinastías políticas norteamericanas, el último presidente que sirvió en la Segunda Guerra Mundial.

“Fue el mejor padre que un hijo o una hija podría tener”, dijo quebrándosele la voz George W. Bush, quien expresó su consuelo al pensar que ahora estaría haciendo lo que quiso hasta el final, volver a “dar la mano” a Barbara, su esposa, fallecida en abril. El presidente número 43 de EE UU recordó la figura de 41 con humor, destacando que no era exactamente un Fred Astaire en la pista de baile y que le sentaba rematadamente mal el brócoli, aunque también ensalzó la “integridad” con la que sirvió a su país.

No despedía EE UU a un presidente desde 2006, cuando murió Gerald Ford, solo dos años después de Ronald Reagan, el mandatario que más había marcado al país después de JFK. La figura de Bush padre, sin tanto carisma político, siempre quedó eclipsada por la fuerza del líder de la revolución conservadora, al que sucedió en la Casa Blanca. No salió reelegido, algo poco habitual, y solo logró un mandato, castigado por la recesión económica y arrollado por la fuerte campaña de un joven demócrata: Clinton. No bastaron entonces los éxitos de la política exterior -el final pacífico de la Guerra Fría o el impulso de una coalición de 30 países para derrotar a Sadam Hussein en la Guerra del Golfo- pero sí le sirvieron con los años para un mayor reconocimiento a su figura.

Republicano de vieja guardia y militar condecorado, su adiós recuerda al del senador John McCain, un héroe de la guerra de Vietnam, estimado por sus rivales políticos, ese tipo de político con el que a EE UU le gusta identificarse. Aquel funeral, el pasado verano, se convirtió en una bofetada a Trump: el presidente no fue invitado y los discursos de Obama y Bush arrojaron críticas encubiertas a la política del actual mandatario. Pero hubo tregua este miércoles en Washington, una tregua preparada con tiempo. La familia, según publicó The Washington Post, había hecho llegar al presidente que sería bienvenido al funeral, llegado el momento, y que las palabras de la ceremonia se centrarían en la vida y obra del difunto, no en las discrepancias políticas.

Trump permaneció correcto y en silencio con los Obama y los Clinton, con quienes se ha quebrado la tradición americana de respeto entre presidentes. Al acabar la ceremonia, el presidente y la capital del país regresaron a su rutina: las tensiones comerciales con China y la investigación de la trama rusa, la injerencia electoral de Moscú y la posible connivencia del entorno de Trump.

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