La nación

El discurso del miedo, la cruz de Carolina del Sur

Nueva York – Agencias.

Hay candidatos dislocados, ungidos por los dioses y otros malditos por su mala cabeza. De todo, y todo dramático, en unas primarias que buscan al nuevo comandante en jefe del «mundo libre». Republicanos y demócratas, el elefante y el burro, demagogos y pragmáticos, «establishment» contra filibusteros, idealistas y funcionariales, progresistas, liberales, utópicos, radicales y payasos de uno u otro signo enfrentan los comicios más calientes en décadas. Especialmente en el bloque republicano, rejoneado por un multimillonario, Donald Trump, que esta misma semana criticó al Santo Padre. Claro que tampoco los demócratas respiran sosegados. La hora de Hillary Clinton suda tinta frente a la estridente campaña de Bernie Sanders, un socialdemócrata sin hipotecas; alguien que arrasó en Nuevo Hampshire (60,4%), convencido de que puede arrebatarle el cetro a la favorita, y del que el columnista David Brooks ha escrito en el «New York Times» que está «tan cegado por sus valores que su mente se ha hecho impermeable al contexto».

Hillary Clinton celebra junto a su marido la victoria sobre Sanders en el Caesar’s Palace de Las Vegas.

Hillary Clinton celebra junto a su marido la victoria sobre Sanders en el Caesar’s Palace de Las Vegas.

Clinton, Trump, Marco Rubio, Ted Cruz y Cía. vivirán las próximas dos semanas junto al ventisquero. En Nevada y Carolina del Sur ayer, y después el Supermartes, 1 marzo, cuando votan 12 estados (Alabama, Arkansas, Colorado, Georgia, Massachusetts, Minnesota, Oklahoma, Texas, Vermont y Virgina) y un territorio (Samoa), se decidirá quién sobrevive y quién sigue los pasos de Mike Huckabee, Carly Fiorina, Rand Paul, Chris Christie, Rick Santorum y el resto que aspiraban a la Casa Blanca y dimitieron exhaustos. La ruta hacia la presidencia es un cementerio de elefantes. Sus blanqueados huesos excitan el paso de los supervivientes, que deben aclarar unas cuantas incógnitas.

La primera tiene que ver con el voto de los cristianos evangélicos. Carolina del Sur, Alabama, Arkansas o Georgia son sus bastiones. El sur profundo, rural, clásico o antiguo, sin ser, ni remotamente, el del Ku Klux Klan de D. W. Griffith, mantiene vivas sus señas de identidad frente a las costas hipertecnificadas y liberales. Imposible ganar la nominación republicana si uno no pesca en ese inmenso caladero. Ahí se la juega Trump, que debe sobreponerse a su imagen de chaquetero, hombre de principios líquidos, anteayer partidario del aborto y amigo de los Clinton, y también Cruz, cuya única posibilidad pasa por cosechar el voto de los creyentes. ¿El riesgo? Exagerar tanto, sobreactuar en el papel del telepredicador, con lo que espantarían a los moderados de California, Florida, etc. Igualmente clave será saber si algunos de los otrora favoritos, y el más obvio Jeb Bush, no tendrán que ahuecarse a fin de que el partido procese una candidatura de consenso que ponga cota al aquelarre de los bufones.

Una tragicomedia que también viven estupefactos los prohombres demócratas. Mal lo tendrá Hillary si no asegura el voto de los afroamericanos y los latinos, su principal bastión, y si Sanders demuestra que puede medrar entre unas minorías que hasta anteayer lo consideraban un producto de la Era de Aquarius. Para el político de Brooklyn, Wall Street ha contaminado la política hasta el punto de que sus presidentes son meros títeres, monigotes al servicio de los intereses particulares y los grandes holdings. Clinton, que silba estos días la balada del gato panza arriba, ha explicado que ella fue «la candidata que acudió a Wall Street antes de la quiebra, la que les dijo, ‘‘estáis destruyendo la economía. Lo que estáis haciendo con las hipotecas nos hundirá’’». O juega la baraja populista o Sanders acabará por identificarla como la becaria de los caimanes bursátiles. En el «caucus» de Nevada, con el 81% escrutado, Clinton se impuso con el 52,1% de los votos frente a Sanders. «Algunos dudaron de nosotros, pero nosotros nunca lo hicimos», dijo en su discurso tras imponerse por un estrecho margen en el icónico hotel Caesars Palace.

Bienvenidos, unos y otros, al circo tenebroso posterior a la Gran Recesión, cuando la enumeración caótica de amenazas tiñe los discursos con ácido clorhídrico. Si Reagan, Clinton y Obama resplandecieron como los candidatos/presidentes del optimismo, devotos soldados del Sueño Americano, Trump y Cruz lo bordan como heraldos del miedo y Sanders cabalga sobre el jamelgo del pueblo y la casta. El electorado tirita a causa de la ruina económica y el pavor al cambio y ellos cobran votos gracias a la enuresis colectiva o micción nocturna, hija de la turbación, partera del caos, que empapa las noches de América.

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