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El triunfo peronista en Argentina desata el desplome del peso y la Bolsa

La pizarra de una casa de cambio de divisas en Buenos Aires muestra la cotización del dólar. EFE

Temor a largos meses de vacío de poder por la pérdida de autoridad de Mauricio Macri

12 de agosto de 2019 – Buenos Aires – Agencias.

Los mercados financieros reaccionaron con pánico tras la amplia victoria del peronista Alberto Fernández en las primarias. Y la economía argentina bordeó el colapso. El peso se devaluó un 25% frente al dólar, pese a una subida de los tipos de interés hasta el 74%, y los valores bursátiles cayeron hasta un 60% (la sesión cerró con una caída del 37,9%). Fue un lunes negro. Lo peor, sin embargo, es la perspectiva para los próximos meses. El presidente Mauricio Macri perdió su autoridad tras la apabullante derrota, pero Fernández solo ganó una elección virtual que deberá revalidar el 27 de octubre. El traspaso de poderes se realizará, en principio, el 10 de diciembre. Es mucho tiempo sin un gobierno creíble. Demasiado para un país expuesto a todos los riesgos.

Desde las oficinas de Alberto Fernández, al que se considera ya como próximo presidente, se intentó lanzar un mensaje tranquilizador. Matías Kulfas, el economista que asesora a Fernández, aseguró que el nuevo gobierno tenía una “absoluta voluntad” de cumplir con los pagos de la deuda externa y no recurriría de nuevo a mecanismos de control cambiario como el “cepo” establecido en 2011 por Cristina Fernández de Kirchner. Kulfas añadió que habían mantenido encuentros con funcionarios del Fondo Monetario Internacional para expresarles su deseo de devolver el gigantesco crédito de 57.000 millones de dólares concedido en septiembre de 2018, pero renegociando las condiciones.

El economista atribuyó la responsabilidad de la nueva hecatombe en los mercados a la política económica de Macri. Algo parecido señaló el propio Alberto Fernández tras conocerse la amplitud de su victoria, cuando dijo que los inversores reaccionarían mal porque se sentirían “estafados”. El pasado viernes, un sondeo difundido por el Gobierno hizo creer en medios financieros que Macri empataría las primarias y ganaría con cierta holgura en octubre. La reacción fue de euforia, con subidas de todos los indicadores. La realidad resultó muy distinta. Fernández se llevó el 47% de los votos y Macri, el 32%. Las esperanzas de reelección de Macri se desvanecieron.

El presidente quedó evidentemente tocado. No supo reaccionar. Admitió la derrota antes de que se conocieran los resultados, pero ni hizo autocrítica, ni anunció cambios, ni felicitó a los vencedores. Con los ojos vidriosos, se limitó a decir que se sentía mal, que había hecho las cosas lo mejor que había podido y que Fernández debía asumir su parte de responsabilidad a la hora de tranquilizar a los mercados. El lunes, cuando el peso sufrió una caída vertiginosa (en el momento de abrirse el mercado de divisas, el dólar pasó de 45 a 60 pesos), Macri se eximió de responsabilidades, culpó de todo al peronismo (“esto es una muestra de que la alternativa a nuestro gobierno carece de credibilidad, el kirchnerismo debe hacer autocrítica”, dijo) y demostró que su estrategia, de aquí a octubre, se basará en el miedo: “Lo de hoy es una muestra de lo que va a pasar” si gobierna Alberto Fernández, aventuró. El presidente anunció medidas para mejorar la situación de las clases medias, sin especificar cuáles, y rechazó la posibilidad de cambiar su gabinete. En ciertos momentos pareció un hombre en estado de negación, empeñado en mantener una lucha casi desesperada.

Ni siquiera sus partidarios más acérrimos deseaban una continuación de la batalla electoral. Mantener la campaña supone acentuar el enfrentamiento político, algo que se considera estéril y en realidad contraproducente. Un importante inversor argentino dijo a este periódico que lo más conveniente sería iniciar ya una transición ordenada. “Macri debe reunirse con Fernández y compartir responsabilidades. Idealmente”, añadió el inversor, “las elecciones de octubre deberían adelantarse, para no permanecer tanto tiempo en un vacío de poder”. Muchos analistas evocaron el ejemplo de Brasil en 2002, cuando el presidente Fernando Henrique Cardoso consultó una devaluación del real con el gran favorito para sucederle, Lula da Silva.

Axel Kicillof, antiguo ministro de Economía de Cristina Fernández de Kirchner y prácticamente seguro nuevo gobernador de Buenos Aires, pidió al aún presidente que transmitiera algún mensaje de sosiego y que actuara “con mucha responsabilidad de acá a diciembre”. La inflación sigue cercana al 50% anual y un nuevo desplome del peso solo puede agravarla. El macrismo podría tener la tentación de dejar “tierra quemada” a sus sucesores, con una inflación disparada y una recesión aún más profunda.

Más allá de la obstinación presidencial se escuchaban quejas, críticas y reproches. María Eugenia Vidal, la popular gobernadora de Buenos Aires, virtualmente desalojada del cargo tras su pésimo resultado en las primarias (32%, frente al casi 50% de Kicillof), lamentó que no se hubiera producido “una reflexión” en las filas gubernamentales. Vidal podía haber fijado en otra fecha las elecciones provinciales, pero aceptó unirlas a las generales para ayudar a Macri a sacar más votos en Buenos Aires; la consecuencia fue la derrota de ambos. El domingo por la noche estaba furiosa.

Casi todas las acusaciones se dirigían a Marcos Peña, jefe de ministros de Macri, y al ecuatoriano Jaime Durán Barba, su gurú electoral. Ambos establecieron un severo sectarismo desde su llegada al poder y en el actual proceso electoral se negaron a escuchar las advertencias que les llegaban de dirigentes más cercanos a la calle que ellos, habituados a medir el humor popular a través de las redes sociales.

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