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El último desafío del «Tiburón»

Phelps, que se retirará tras los Juegos, persigue siete oros. Lochte, que ya le ha derrotado, es su gran rival

28 Julio 12 – – Agencias

Londres- Michael Phelps luce perilla y simpatía estos días en Londres. Está relajado, o al menos eso dice y aparenta, pese al reto que tiene por delante. No es nada nuevo para él. Afrontó algo parecido en Atenas hace ocho años y en Pekín hace cuatro, citas que le convirtieron en el deportista con más medallas de oro en unos Juegos Olímpicos, en el mejor: tiene 14, más dos bronces, y sólo le faltan tres preseas para ser además el que más podios acumula. Lo que sí es nuevo para Phelps es que sabe que esta vez será la última. Las siete pruebas que va a disputar en Londres, y que le llevarán a lanzarse a la piscina 14 veces, serán el final de su exitosa carrera. «Estoy relajado», dice el nadador de Baltimore, como despistado, como si en realidad no se jugara tanto, para después amenazar: «Aún me quedan objetivos y para eso he venido aquí». También hay otra cosa distinta: en esta ocasión Michael Phelps tendrá un rival que realmente puede amenazar su hegemonía. Es su compatriota, es RyanLochte, su amigo y, a partir de hoy, también su mayor enemigo porque hoy es la primera prueba de las dos en las que van a coincidir: los 400 estilos. Lochte ya superó a Phelps en esta distancia en los «trials». «Es mi hora», avisa en Londres.

La rivalidad que han tenido en los últimos años en cierto sentido les ha mantenido el hambre de competir. Uno se ha completado al otro. En Pekín, Lochte logró su primer oro olímpico individual, pero no quedó contento. Ese triunfo alimentó su espíritu para seguir peleando y un año después derrotó a Phelps en una prueba en los Mundiales de Roma. En 2011 volvió a poder con él en Shanghái, esta vez en dos distancias. Allí superó a Phelps y, con ello, le dio la motivación para preparar los Juegos de Londres a lo bestia. Porque si algo no le gusta a Michael es perder. Es un ser competitivo, herencia de su padre. Después de su hazaña en Pekín a Phelps le entró el bajón. Ganó once kilos de peso y se vio afectado por unas fotos en las que aparecía fumando marihuana. Pensó en dejar de nadar, pero en el fondo sabía que su labor no había terminado. Las derrotas en Shanghái fueron un nuevo impulso, aunque ha tenido que adaptar el entrenamiento a su edad. Menos kilómetros (de 80.000 a 50.000 metros por semana) y más pesas. Incluso ha practicado boxeo.

Lochte también se sometió a un severo trabajo para mejorar, sobre todo fuera de la piscina. Su entrenador, Gregg Troy, añadió a las pesas pruebas de las competiciones de forzudos típicas americanas: arrastrar neumáticos de hasta 400 kilos, levantar barriles de cerveza, tirar de cadenas o moverlas con los estilos de la natación… Entrenamientos que a veces llegaban hasta la extenuación. También le cambió la dieta. Lochte era un enamorado de la comida basura, capaz de comerse una bolsa de patatas o varias hamburguesas después de un entrenamiento. Las ensaladas o la fruta empezaron a formar parte de su vida. «Estoy más grande, más fuerte y he mejorado mi técnica», resume el neoyorkino.

Phelps y Lochte, pese a tener una relación estupenda, también son diferentes de carácter. Michael es más serio, le gustan los videojuegos, jugar al golf o al poker. Ryan es más distendido. No niega un autógrafo («No sabe decir “no”», se queja su entrenador) y sonríe constantemente. Le gusta el surf, es activo en Twitter y suele llevar zapatillas llamativas. Hoy, Phelps aparecerá serio, quizá con la perilla afeitada, y seguro que con la música rap sonando a todo trapo por sus auriculares. Lochte estará cerca y bromeará mientras se dirige a la piscina para que comience uno de los momentos inolvidables de los Juegos.

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