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En el laboratorio de los yihadistas

24 de marzo de 2016 – Bruselas – Agencias.

El vecino junto a la puerta precintada de la vivienda de los terroristas

El vecino junto a la puerta precintada de la vivienda de los terroristas

Vivían pared con pared, pero nunca escucharon nada. No es que los yihadistas fueran extremadamente silenciosos, sino que, más bien, tenían como tapadera el alquiler del quinto piso derecha del número cuatro de la rue Max Roos en el barrio de Schaerbeek, mientras que la fabricación de los explosivos la realizaban en el subsuelo. Así lo detalla Jhon Jairo Valderrama, el vecino de los hermanos Bakraoui, Najim Laachraoui y el misterioso «hombre del sombrero», que sigue a la fuga. Este colombiano, que vive con su esposa y sus dos hijas en el piso contiguo al de los terroristas, invita a inspeccionar el interior del laboratorio de la célula islamista capitaneada por Salah Abdeslam, ahora encarcelado en una prisión de Brujas. «No creo que vivieran aquí, yo llevo mes y medio y jamás les vi. Es más, en alguna ocasión me topé con una persona extraña en el edificio que no se corresponde con los terroristas, pero a ellos no. No digo que fuera otro de ellos, pero su presencia ahora me resulta sospechosa», afirma Valderrama, que es el único vecino del bloque junto al trabajador que realiza la reforma del edificio y que se aloja en el bajo.

El resto es un edificio fantasma, ideal para alquien que quiera pasar desaparecido porque la ausencia de vecinos curiosos es total. La puerta de la casa alquilada por los terroristas sigue sellada, pero poco importa, pues la clave está seis pisos más abajo. El sótano. Mientras que la vivienda se habría usado como almacén (allí se encontraron 15 kilogramos de explosivo TATP, 50 litros de acetona y 30 de agua oxigenada), el subsuelo era la «cocina» de Laachraoud, responsable de la fabricación de las bombas tanto de los ataques de Bruselas como de París. Así lo deduce el único testigo de los quehaceres de los yihadistas. Se trata de la planta menos uno, a medio construir. Allí, los escombros abundan y, entre otras cosas, se perciben restos de botellas de plástico, envoltorios, una caldera sin revestir y los contadores a la vista de todos. Claramente allí no era donde realizaban sus «trabajos», sino que hay que continuar por un siniestro pasillo hasta dar con una serie de puertas que también están selladas. Son los trasteros.

Según el colombiano, y sin una confirmación oficial, éste es el lugar clave donde se gestó todo. «En casa es imposible que lo hicieran, ya que ni se escuchó nunca un ruido ni olía a productos químicos», matiza. Llama la atención que mientras que el resto de viviendas deshabitadas del edificio están abiertas de par en par, las del sótano están cerradas bajo llave. «Aquí es», indica Valderrama, que, temeroso, no deja de mirar a través de las escaleras que dan al vestíbulo del portal por si viene alguien. «Nunca había traído a nadie aquí, no me da buenas vibraciones y me puedo llevar una bronca», confiesa.

Y es que Valderrama todavía no se ha recuperado del susto. Además, sus hijas le piden a diario que se vayan de allí «porque no se sienten seguras». «Todo fue de película. El martes, yo estaba con mis hijas en casa, porque mi esposa Guadis estaba trabajando, cuando ellas me alertaron que el edificio estaba rodeado de policías. Apuntaban en nuestra dirección. Yo no sabía qué hacer. De repente se acercó hasta nuestra terraza una cesta impulsada por un camión de bomberos repleta de agentes muy armados», relata. Él, de manera automática, cogió un abrigo y se lo puso, los agentes le gritaron que no lo hiciera y él levantó las manos. Se abalanzaron sobre él y sus hijas y empezaron a cachearles. «Intenté mostrarles que yo no llevaba nada, pero me dijeron que no me moviera. Cuando comprobaron que nosotros no éramos terroristas, nos metieron en la cesta de la grúa y nos llevaron a salvo a la calle», explica.

Una incógnita que todavía sobrevuela sobre el piso franco de los terroristas de Bruselas es la identidad del dueño del edificio. Todos los pisos son de su propiedad y es él quien decide quién los habita por el precio de 950 euros al mes más otros 3.000 euros de fianza. «No nos ha llamado para preguntarnos cómo estamos, es algo que todo casero debería hacer. Está desaparecido. Era mi mujer la que gestionaba con él, pero no se sabe dónde está», matiza. Sin embargo, poco le importa a Jairo ahora el paradero de su casero y tan sólo le da gracias a Dios constantemente por haberse librado de la muerte. «Sólo el Señor quiso que nos salváramos», dice mirando al cielo.

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