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En Medellín, el ciclismo europeo se cruza con la Colombia verdadera

Bob Jungels, aclamado en Medellín. Eder Garcés Tour Colombia 2.1

La hermosa victoria de Jungels en Medellín, aplaudida por los jóvenes del club de Saldarriaga, y su experiencia de vida tan diferente

15 de febrero de 2019 – Medellín – Agencias.

Hace calor de verdad en Medellín, calor Tour de Francia los días de calor, y desde las amplias avenidas por las que los ciclistas dan vueltas alrededor del estadio las laderas de los montes que envuelven la ciudad y la convierten en una olla están veladas por una capa de calima húmeda. Debajo late la vida a mil pulsaciones por minuto. Abajo, junto al estadio, la carrera, que es la cuarta etapa del Tour Colombia, la gana un europeo magnífico y bien alimentado, rubio, lustroso, un estilista fortachón con el maillot tricolor de campeón de Luxemburgo llamado Bob Jungels, que ataca en el último kilómetro y espectacularmente derrota al pelotón lanzado, él solo, como hace 10 meses había hecho en la Lieja.

Es la pequeña venganza de la vieja Europa, que recuerda a la Colombia colonizadora del ciclismo que todavía existe, aunque para conseguir derrotarles en su casa, los europeos como Jungels se han pasado más de dos semanas aclimatándose a la altura y se han aprovechado de que Medellín no pasa de 1.700 metros, que otra cosa será las dos etapas que quedan, la temida de La Unión del sábado y el ascenso a Palmas el domingo. Colombia espera para entonces a Dani Martínez, a Supermán López, a Egan, a Rigo, a Nairo.

La victoria de Jungels es hermosa, es ciclismo, y emociona a los espectadores, y todos, viéndolo, quieren ser Jungels un minuto de su vida, y también le aplauden los chavales que también quieren ser Jungels, pero toda la vida, no un minuto, y quieren ser también Egan y Nairo, y han llegado en bicicleta a admirarlo todo. Algunos han bajado de las comunas, los barrios duros de las laderas empinadas, como llegó hace años Sergio Higuita, que ya empieza a triunfar en Europa; otros de los pueblos de alrededor. Todos los jóvenes cargan con una experiencia que muy difícilmente han vivido los jóvenes ciclistas europeos. Uno de ellos, cuentan, cuando tenía 20 días por poco se asfixia con la sangre de su madre, de cuyo seno estaba mamando cuando ella fue asesinada junto a su marido por los paramilitares en El Peñol, cerca de Guatapé.

Él es uno de los juveniles que entrenan y forman Fernando Saldarriaga y Amparo Gaviria en la pista del aeroparque de Medellín entre el ruido de aviones que despegan y aterrizan, vehículos en los que muchos no han montado nunca, y preguntan, ingenuos, ¿cómo se sube a un avión? A todos la violencia, el conflicto, el narco, la pobreza generada por todo ello, les ha marcado la vida para siempre. Para ellos, el ciclismo es la liberación, la posibilidad de romper el ciclo de una vida maldita. Serán más duros, más perseverantes, más pacientes, más generosos en la carretera que nadie. Y son más sabios.

Antes de correr en el Euskadi, un paso previo de su destino en el EF, Higuita, de la comuna noroccidental, se hizo en el Club Nueva Generación que lleva el padre de Luis Fernando Saldarriaga; ahora ayuda en todo lo que puede, se cuida de que los que menos tengan reciban algo para vivir, se emociona cuando ve a alguno de ellos, como a Jhon Stiven, que va para campeón y abogado y habla de la vida dura en la Comuna 13, de donde salió también el futbolista Quintero, el ídolo de River. Stiven habla de las fronteras invisibles en la Comuna entre el poder del Estado real y el del Estado paralelo de los combos, pistolas y violencia, de la vida de su madre, que limpia las casas de los que pueden y ella sola les crio a él y a su hermana, que ya se ha graduado. “Mi padre anda por la Comuna pero pasa de nosotros. Nos ve y como si no nos conociera. Yo estoy peleando para lograr una beca y estudiar Derecho”, dice. “Pero antes quiero ser campeón ciclista. Me gustaría ser como Egan, que sube y contrarrelojea, pero admiro a Nairo más que a nadie”.

Daniel Felipe González vivía en Marsella, Risaralda, nacido en una tierra de café que compone de lejos una estampa bucólica y bella. Su abuelo se arruinó y tuvo que vender la finca de la vereda El Rayo cuando Starbucks hundió el mercado del café, que llegó a valer tan poco como 400 pesos el kilo (ni 20 céntimos de euro). Después de vivir un tiempo en Pereira llegó a Medellín con una mochila y una mano delante y otra detrás. Va para ciclista a lo Valverde o a lo Contador, de chispa y ataque, y también estudia Antropología y Arqueología en la Universidad de Medellín.

Y también están dos mujeres jóvenes, Carolina y Mariana. Y Carolina llegó de Venezuela, de la isla Margarita, y sus ojos se llenan del azul del mar hermoso y brillan cuando lo dice, y la nostalgia es inevitable. Su madre trabaja tres días a la semana en un restaurante; su padre aún no tiene pasaporte colombiano y no puede trabajar, y ella estudia y será ciclista. Y algún día ganará una carrera y emocionará a los que la vean. Y todos querrán ser como ella al menos un minuto de su vida.

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