Editorial

Huir… ¿Adónde?

“La vergüenza duele; el dolor, a veces, avergüenza”

Carlos Fuentes (“La Frontera de Cristal”)  

Lees la noticia en el periódico y pasas la página convencida de que a ti ya nada te sorprende. Y sigues leyendo otras secciones porque crees que el anuncio no ha dejado en ti ninguna huella, nada que altere tu ¿frialdad? o esa forma tan tuya de ver la vida. No te culpo, uno va acostumbrándose a la realidad a fuerza de golpes, a puro trancazo. Te recuestas en el sillón, te echas la cobija encima, cierras los ojos y ni así logras adormecer tu intranquilidad. Enciendes un cigarro, el quinto, intentas distraer el miedo pero el miedo te come por dentro y tú lo engañas, te engañas a ti misma y te repites una y otra vez, que a ti no te importa, ya no.  Apuesto a que quisieras releer la noticia pero te falta valor. De todos modos no sabrías cómo enfrentartarla  aunque te dijeran: “Es cierto, ese hombre es Gabriel, el mismo Gabriel que amaste con locura”: ese hombre que juró que volvería por ti. Pero prefieres olvidar porque eso mismo han jurado muchos miles de hombres que prometen regresar y nunca vuelven y por eso uno aprende a olvidarlos. Pero a ti, reconócelo: el fantasma de Gabriel siempre te ha rondado y su recuerdo aparece en los sitios menos adecuados, en los momentos menos oportunos. Sí, hay recuerdos que incomodan y tú lo sabes. Sabes que hay recuerdos que no sirven para nada. ¿O sí? ¿De qué te sirven ahora  un manojo de recuerdos desgastados, tanta ilusión marchita en la piel, tanta esperanza trunca? Te levantas, avientas el periódico al otro lado del sillón. Te asomas por la ventana. Clavas la mirada en el horizonte, más allá de las nubes, como si la lejanía fuera el mejor lugar para esconderse. Maldita frontera-piensas. Maldita seas por llevarte a nuestros hijos, a nuestros hermanos, a nuestros hombres. Y entonces por tu cabeza pasan todas esas imágenes ensangrentadas de mexicanos muertos a golpes, a balazos, o muertos de pura sed y de puro cansancio que jamás lograron llegar a la otra orilla. Al otro lado de la frontera, allá en la tierra de los sueños y del trabajo y de la abundancia: los Estados Unidos que tantas desuniones y tantas tristezas ha regado de este lado. Tomas de nuevo el periódico, buscas la noticia, sientes la obligación de enterarte, por lo menos saber cómo fue, cuándo ocurrió. Lees el nombre completo de Gabriel y el “balaceado el día de ayer” te retumba en la cabeza, te hace pedazos el corazón. Quisieras decirlo de otro modo, darle otro matiz pero da igual porque la única verdad es que Gabriel está muerto. Y ves la fotografía, su cuerpo tirado sobre los matorrales secos y su ropa chorreada de sangre. Un hombre sin papeles, sin pasaporte ni tarjetas de crédito pero con los ojos limpios y todavía abiertos al cielo. ¿De qué sirve ahora recordar lo que le dijiste el día que vino a despedirse de ti y tú lo viste alejarse con la mochila a cuestas y con el alma encogida: “No te vayas Gabriel, quédate aquí, quédate con nosotros, ya encontraremos trabajo, ya veremos cómo salir adelante.” “No hay de otra mi amor, no tengo de otra”-contestó. Y no, no hay de otra. Porque ya nada puedes hacer. Porque no puedes huir, ni echarte a correr, ni sabes cómo ni dónde acomodarte tanta pena. Porque mañana habrás de enterarte otra vez de una nueva tragedia, de una nueva pérdida, de una muerte más. ¿Cuántas más?-te preguntas y no hay respuesta. Sólo el eco vacío de un silencio profundo. Sólo la sombra de una noche que se derrama sobre tus palabras y tu dolor.

Por: Sofia Mercado

1 Comment

1 Comment

  1. Julian Lopez

    17/10/2012 at 5:04 pm

    Qué triste historia pero qué real. Cuándo parará todo esto? Felicidades Sofía, lo que escribes es muy cierto!

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