La nación

La destrucción vertiginosa de la costa de los famosos

Casas destruidas por el fuego en Malibú, con las montañas de Santa Mónica al fondo.

El 80% del paisaje pintoresco de las montañas de Malibú ha sido arrasado en cuatro días por un incendio avivado por un viento seco brutal que aún continúa

13 de noviembre de 2018 – Malibú – Agencias.

Cuando su vecina tocó en la puerta a las dos y media de la madrugada del viernes, Luis Tena ya sabía para qué era. Justo antes de acostarse, había leído un artículo de prensa sobre qué hacer si te ordenan evacuar tu casa. Documentación, una muda, la gata y comida para la gata. Nada más. “Si te quedas pensando qué te llevas de valor, te puedes quedar ahí”. Tena salió de la casa en la que vive a orillas del espectacular Malibou Lake, un pequeño lago en las montañas de la costa de Los Ángeles. Se encontró un coche del sheriff diciendo por el megáfono: “Tienen que evacuar”.

En total, alrededor de 250.000 personas tuvieron que salir de casa con lo puesto entre el jueves y el viernes en una de las zonas más privilegiadas de Estados Unidos, la costa montañosa del oeste de Los Ángeles, de la que Malibú es la ciudad más conocida. En el perímetro bajo evacuación obligatoria estaban Calabasas o Thousand Oaks, lugares donde viven Lady Gaga, Martin Sheen, Guillermo del Toro, Miley Cirus, Neil Young o Robin Thicke, por citar algunos afectados directamente por el fuego, bautizado como Woolsey Fire.

También vive Keith McAlastair, de 61 años, que salió corriendo de un modesto apartamento de Agoura Hills. “No sé cómo está mi casa. Y no quiero saberlo porque, sinceramente, estoy a punto de derrumbarme”, decía con infinito cansancio en los ojos en un refugio montado por la Cruz Roja en Thousand Oaks. Cuando salió, veía el fuego desde la puerta de su casa. “Las chispas volaban por todas partes. Tenía las ventanas cerradas y podía oler el humo. Tuve que apagar el aire acondicionado porque se me estaba llenando la casa de humo”.

“No se hace a la idea de la velocidad del fuego”, dice McAlastair. “Lo vimos cruzar por dentro de dos túneles como si nada. Los remolinos de fuego recordaban al efecto que se ve en la chimenea cuando has echado demasiada leña”. El lunes por la tarde, McAlastair lleva fuera de casa cuatro días con un carrito en el que lleva sus papeles, sus medicinas, tres mudas, un abrigo y un kit de primeros auxilios. Asegura que vivió también un incendio en Colorado y que vivía en Nueva Orleans cuando el huracán Katrina. “Un amigo me dijo que Dios me quiere mucho, porque pasa mucho tiempo conmigo”.

La Cruz Roja atendió a 250 personas la primera noche, según Cindy Huge, la portavoz del refugio. El segundo día del incendio atendió a 700. Uno de los cuatro refugios que montaron estaba en el mismo lugar donde, el pasado jueves, acudieron las familias de los 12 asesinados a tiros en un bar de Thousand Oaks. Horas después, era el epicentro del incendio. Pasaron de dar apoyo psicológico a las víctimas de un tiroteo por la tarde, a dar cama y mantas a evacuados de un incendio por la noche.

Karl Sierka muestra en un teléfono una foto enviada por un vecino de la colina donde se encuentra su casa. No se ve la vivienda en cuestión, pero lo que se ve está ardiendo o calcinado. “Me iba a quedar a defender la casa, pero me echaron”, afirma. Cuenta que los bomberos prácticamente dieron por perdida toda la zona. “Vino un helicóptero, hizo una descarga de agua y ya. Nada más. Ni lo intentaron”.

El fuego se propagó tan deprisa entre el jueves y el viernes que se quemaron 20.000 hectáreas en las primeras 24 horas. El viento era brutal. Las chispas volaron por las montañas hasta la costa, donde fueron incendiando de forma caprichosa unas casas sí y otras no, a veces dentro de la misma calle. El lunes, conduciendo por Kanan Road de norte a sur, una de las carreteras pintorescas que unen el interior con la costa de Malibú a través de las montañas, se podía ver que las casas en lo alto de las colinas eran las que más habían sufrido. La zona es un parque natural protegido. El 83% del parque se ha quemado, según datos del martes.

Tena, un arquitecto español que trabaja en una empresa de construcción de Malibú, era uno de los miles de residentes a los que los equipos de emergencia no permiten aún volver a sus casas. El lunes por la tarde, varios vecinos expresaban su frustración con los agentes del sheriff, que no les permitían entrar en las montañas. Quieren volver para ver si han perdido sus casas. Tena estaba convencido de que la vivienda en la que vivía había desaparecido hasta que consiguió entrar a echar un vistazo el domingo. Su única fuente, como para todos los vecinos, eran pinceladas de información en Twitter. Pero el jefe de los bomberos del condado de Ventura, Mark Lorenzen, fue muy claro el domingo: “Quizá hace 10 o 20 años te podías quedar en casa durante un incendio y podías protegerla. Estamos en una nueva normalidad. Las cosas ya no son como eran hace 10 años”.

Las condiciones de sequedad, acumulación de combustible y el viento, sobre todo un viento seco brutal que el lunes seguía soplando, hacen que nadie vaya a volver a sus casas hasta que no esté apagada hasta la última brasa de su barrio. Luis Tena iba conduciendo el lunes al atardecer por las calles alrededor de su urbanización y mostrando las casas de vecinos convertidas en cenizas. Por las colinas había mansiones de las que solo quedaba en pie la chimenea y coches derretidos. Los equipos de bomberos se esforzaban por reponer y asegurar los postes de la luz. Todo el barrio de Malibou Lake estaba a oscuras.

Para Sierka, los bomberos ni lo intentaron. En realidad es que no pudieron. Se concentraron en salvar vidas y asegurar en lo posible el perímetro. Consiguieron lo primero. El viernes fueron hallados dos cadáveres dentro de un coche calcinado en una carretera. Dos muertos en un incendio que en tres días ha quemado 37.000 hectáreas en las que hay unas 57.000 construcciones amenazadas y viven unas 250.000 personas. Los datos del martes por la mañana revelan 435 estructuras dañadas. Es una cifra provisional porque los bomberos solo han podido reconocer un 18% del área quemada.

En cuanto a la contención, el sábado, el viento dio un respiro que permitió rociar con retardante amplias zonas del perímetro. El fuego estaba controlado en un 30% el lunes, pero los vientos habían vuelto con fuerza. A mediodía del lunes había 26 grados y una sequedad que irritaba los ojos. La previsión es que siga así hasta el miércoles. Todo puede volver a arder en cualquier momento.

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