La nación

La iglesia Emanuel de Charleston reabre sus puertas tras la matanza

21 de Junio de 2015 – Nueva York – EFE.

Los feligreses reunieron fuerzas para acudir ayer a la iglesia episcopal metodista africana Emanuel de Charleston. La comunidad quería sentir a Dios y dónde mejor que en su iglesia. Todavía sentían la presencia de los nueve amigos que murieron asesinados el jueves en el mismo templo, pero debían hacerlo por su memoria. Por ellos. Por la comunidad. «La muerte viene como un ladrón por la noche», indicó el reverendo Norvel Goff ante la congregación afroamericana de más de 400 personas durante el servicio en memoria de los falleccidos. A veces, le costaba hablar. Otras veces le asaltaba el silencio, pero tenía que seguir. Era su manera y la del resto de vencer el mal que había sembrado hace cuatro días el supremacista Dylann Roof, de 21 años, cuando le quitó la vida a los nueve feligreses de la iglesia después de haber estado con ellos durante una hora mientras estudiaban la Biblia. Se llevó a sus amigos. Sin embargo, todos quisieron resaltar que había fracasado en su intento de romper su fe y amor a Dios. En el fondo, sentían que su espíritu de permanecía entre ellos.

La afluencia de feligreses en la histórica iglesia superó el aforo máximo de 1.200 personas.

La afluencia de feligreses en la histórica iglesia superó el aforo máximo de 1.200 personas.

«Se encontraban en la casa del Señor estudiando tu palabra, rezando», se dirigió el reverendo a Dios mientras al resto de los feligreses se les saltaban las lágrimas. «Pero el demonio también entró. El demonio intentó ponerse al frente, pero, gracias a Dios, aleluya, que el demonio no ha podido con nuestra gente. El demonio no ha podido con la iglesia», apuntó Goff en el primer servicio religioso ofrecido después del tiroteo.

A veces lloraban. A veces reían. A veces levantaban las manos. «Abrazad a tres personas cerca de vosotros. Decidles: ‘Todo va a estar bien’, les pidió Goff desde el púlpito de Clementa Pinckney, de 41, el pastor de la iglesia que se encuentra entre las víctimas asesinadas por un joven supremacista. «Muchos de nuestros corazones están rotos. Muchos de nosotros seguimos derramando lágrimas, pero yo sé de un hombre que puede responder todas nuestras preguntas. Ustedes y yo debemos llevar nuestras cargas al señor y dejarlas allí», dijo el reverendo.

Aunque estos días no se ha producido ningún incidente, varios agentes de Policía revisaban ayer los bolsos de los feligreses de esta iglesia, el hogar de la congregación afroamericana más antigua del sur de Estados Unidos. Mientras, otros oficiales asistieron al servicio religioso por motivos de seguridad. También acudieron la gobernadora del Estado de Carolina del Sur, Nikki Haley, el senador Tim Scott y el alcalde de Charleston, Joseph Riley.

Fuera de la iglesia se depositaron coronas de flores, globos y osos de peluche junto con miles de mensajes escritos a mano. Lo ocurrido en esta iglesia centró los sermones de todos los templos religiosos ayer en Charleston (Carolina del Sur). En cambio, el día anterior se vieron en la ciudad diferentes manifestaciones en todo el Estado, entre las que destacó una en la Asamblea estatal en la ciudad de Columbia. Allí, todavía ondea la bandera Confederada, lo que se ha convertido en el centro de la controversia en este Estado durante años. Sus defensores mantienen que este símbolo de la era de la Guerra Civil en Estados Unidos es un emblema del orgullo y patrimonio cultural del sur. En cambio, sus detractores consideran que es algo siniestro de la supremacía blanca y el racismo. Estos días también, puesto que no ha ondeado a media asta como la estadounidense en memoria de los asesinados.

Al servicio asistieron el gobernador de Carolina del Sur, el republicano Nikki Haley; el aspirante republicano a la Presidencia Rick Santorum, el senador conservador del estado Tim Scott y la congresista demócrata por California Maxine Waters.

“Muchos de nuestros corazones están rotos. Muchos de nosotros seguimos derramando lágrimas, pero yo sé de un hombre que puede responder todas nuestras preguntas. Ustedes y yo debemos llevar nuestras cargas al señor y dejarlas allí”, dijo el reverendo Goff.

“Nosotros seguimos creyendo que nuestras oraciones pueden cambiar las cosas. ¿Puedo tener un testigo? (A lo que los feligreses respondieron “sí”). Pero las oraciones no sólo cambian las cosas, nos cambian a nosotros”, añadió.

Estas palabras del reverendo formaron parte de un servicio cargado de emoción en una comunidad que aún lidia con la pérdida de nueve de sus miembros el pasado miércoles en una masacre que ha conmovido a todo el país.

El joven blanco Dylann Roof, de 21 años, abrió fuego el miércoles contra un grupo de feligreses de la iglesia, junto a los que acababa de participar en una sesión de estudio de la biblia con la intención confesa de emprender “una guerra racial”.

Tras la matanza, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, pidió al país “un sentido de urgencia” para “cambiar de actitud” respecto a la tenencia de armas.

La del jueves, tras el suceso, fue al menos la décimo quinta vez, según el recuento de los analistas, que Obama ha tenido que comparecer tras un tiroteo masivo durante su presidencia, “demasiadas veces”, como él mismo dijo.

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