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La salud de Schumacher, un secreto bajo mil llaves

Corinna Schumacher en 2016 en el circuito alemán de Hockenheim.

La esposa del alemán guarda silencio sobre el estado de salud del mejor piloto de la historia de la Fórmula 1

28 de septiembre de 2018 – Barcelona – Agencias.

El precio del chocolate caliente de las máquinas del Hospital Universitario de la ciudad francesa de Grenoble subió 50 céntimos de golpe la primera semana de 2014, probablemente la más concurrida de la historia de la clínica. El domingo anterior, 29 de diciembre de 2013, a primera hora de la tarde, había ingresado allí un paciente en estado crítico que peleaba por mantenerse con vida tras haber sufrido un accidente mientras esquiaba en la estación de Méribel, en los Alpes franceses. Las múltiples lesiones cerebrales detectadas provocadas por un fuerte golpe contra una roca derivaban en un muy mal pronóstico. Su nombre, Michael Schumacher, coincidía con el del icono mundial del automovilismo moderno, el piloto más influyente en la historia de la Fórmula 1, siete títulos, cinco de ellos consecutivos (2000-2004) con Ferrari. La posibilidad más que real de perder repentinamente a un mito equiparable a Michael Jordan o Muhammad Ali, recién retirado la temporada anterior (2012) y que en aquel momento ni siquiera tenía 45 años, petrificó aquellas navidades a todo el espectro del deporte.

Cinco años después de aquella cascada de comunicados médicos —el último es de septiembre de 2014— que mantuvo al borde del ataque de nervios a buena parte del mundo, la salud del Kaiser, que el 3 de enero cumplirá 50 años, sigue siendo un misterio del que apenas ha trascendido nada, solo conjeturas a partir de un par de testimonios que, de cualquier forma, tampoco permiten hacerse una idea certera de las condiciones en las que se encuentra el expiloto. Esa estanqueidad estuvo a punto de colapsar cuando un ladrón —trabajador de una empresa de transportes aéreos medicalizados— se hizo con uno de los archivos médicos y lo comenzó a ofrecer a algunos medios de comunicación por unos 50.000 euros. Poco después de detenerle, al caco se lo encontraron ahorcado en su celda antes de poder prestar declaración acerca de lo sucedido.

En junio de 2014 y tras salir del coma, Schumacher fue trasladado a su casa, en Gland (Suiza), una localidad a la orilla del lago Lemán, entre Lausana y Ginebra, donde un equipo de especialistas le proporciona todos los cuidados que necesita, y que según algunas estimaciones supone un desembolso superior a los 200.000 euros mensuales. A mediados del mes pasado, el Daily Mail concluyó que el de Kerpen no permanecía postrado permanentemente en la cama ni requería respiración asistida, un extremo que no fue desmentido por la familia, en contraste con otras informaciones aparecidas anteriormente.

Más que una granja, la mansión es un fortín prácticamente hermético en todos los sentidos, en el que Corinna, la mujer del heptacampeón desde 1995, ha impuesto una política de privacidad total en tándem con Sabine Kehm, la portavoz. Sorprende que en todo este tiempo no haya trascendido nada de lo que ocurre allí dentro, circunstancia que se explica a partir de una estrategia basada en dos líneas. En primer lugar, las personas que se encargan de Schumacher reciben una retribución acorde con la responsabilidad que se les exige —en 2017, Forbes cifró el patrimonio de la familia en 880 millones de euros—. Por otro lado, los pocos amigos que pueden sucumbir a la tentación de hablar más de la cuenta ya hace tiempo que dejaron de ser amigos. Entre estos últimos, por ejemplo, figura Willy Webber, el agente que descubrió al piloto y que le representó hasta 2010.

El círculo de confianza establecido por Corinna se reduce a los parientes más cercanos y a contadas excepciones fuera de ella. Al margen de los hijos de ambos, Mick y Gina Maria, a menudo, se puede ver salir de la casa a Rolf y a Ralph, padre y hermano de Schumi, respectivamente. Otro de los que diariamente pasa por allí es Kai Schnapka, el entrenador personal que acompañó al germano en su última etapa en activo, con Mercedes (2010-2012), y que se ocupa de la parte fisioterapéutica de la recuperación.

¿Y qué viene ahora?

De la infinidad de lazos trenzados con la F1, solo dos personas han reconocido públicamente haber sido invitados a Gland. Se trata de Ross Brawn, quien fuera director técnico de Ferrari (1997-2006) y quien convenció al alemán para que volviera a competir en 2010 con Mercedes, y de Jean Todt, actual presidente de la Federación Internacional del Automóvil (FIA) y máximo responsable deportivo de la Scuderia desde 1994 y hasta 2007. De hecho, el francés vio junto a su expupilo el último Gran Premio de Brasil de F1, en noviembre. “Es cierto que vi junto a Michael aquella carrera, pero siempre he sido muy cuidadoso con lo que comento con la prensa”, dijo en unas declaraciones que recogió Auto Bild.

Fue precisamente Todt quien involuntariamente propició una de las mayores revelaciones relacionadas con el estado de Schumacher, al solicitar al arzobispo Georg Gänswein, confidente del papa emérito Benedicto XVI que fuera a visitarle, algo que ocurrió en 2016 aunque no trascendió hasta el mes pasado. “Me senté frente a él, lo toqué con ambas manos y lo miré. Su cara, como todos sabemos, es la típica cara de Michael Schumacher; solo se ha vuelto un poco más rellena”, declaró Gänswein a la revista Bunte. “Siente que a su alrededor hay gente que lo ama, que se preocupa por él y, gracias a Dios, mantiene alejado al público demasiado curioso. Una persona enferma necesita discreción y comprensión”, añadía el arzobispo, que medió para que Corinna, Mick y Gina Maria recibieran audiencia por el papa Francisco, en el Vaticano, hace dos veranos.

¿Y qué viene ahora? Pues la incertidumbre que ha rodeado el caso en el último lustro es la misma que se prevé de ahora en adelante, a la espera de cualquier actualización médica que se haga pública en cualquier dirección. Kehm desmintió hace unos meses que los Schumacher se estuvieran planteando un cambio de aires rumbo a Mallorca, donde este verano adquirieron una mansión que perteneció a Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, y por la que pagaron alrededor de 30 millones de euros.

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