Editorial

Le sugiero llamar más tarde. Por Sofía Mercado

“I like my new telephone, my computer works just fine, my calculator is perfect, but Lord, I miss my mind!” Unknown

¿Nunca ha sentido que la corteza cerebral se le inflama cuando necesita comunicarse por teléfono con alguien y después de varios intentos fallidos –está ocupado, no contestan, no entra la llamada- al fin responde una grabadora para decirle: “el número que usted marcó no existe” o “por el momento, la línea está ocupada, le sugerimos llamar más tarde”. Sí, un martirio.

Pero el colmo de la modernidad son los menús telefónicos: una prueba de resistencia más que física, mental. Es decir, un sistema diseñado para personas que tienen tiempo para perder el tiempo, además de una memoria privilegiada para no olvidar, al final de la interminable lista de opciones, el número de la extensión que corresponde a la persona o al departamento adonde intentamos comunicarnos. “Gracias por llamar al hospital fulano de tal, si conoce el número de la habitación de su paciente, márquelo ahora, si desea hablar a urgencias marque tres, para llamar a consultorios marque cuatro, si no logra establecer comunicación espere en la línea y una operadora con gusto le atenderá”.

Claro que a esas alturas, más que una operadora, lo que uno necesita es un gastroenterólogo para que nos recete algún antiácido que contrarreste el derrame masivo de nuestros ácidos biliares. Porque además no falla, marca uno el dígito indicado y mandan la comunicación al lugar equivocado y lo mismo nos contesta una parturienta que algún familiar de un enfermo en terapia intensiva quien nos cuelga de un trancazo o nos manda de vuelta a la raíz del calvario: “Gracias por llamar al hospital fulano de tal”.

Quizá con el tiempo, este sistema se expanda y se aplique hasta en casas particulares. Y entonces, escucharemos algo así: “Si quiere hablar con el señor de la casa, marque uno, para hablar con la señora marque dos, si habla de la plomería para dejar un presupuesto, marque tres”, etcétera.

De haber existido este método de comunicación en la época de escritores como Marcel Proust, Lawrence Durrell, Jaime Sabines y Octavio Paz, hoy pagaría lo que fuera, por escuchar los mensajes que ellos hubieran recibido en sus contestadoras y que quizá habrían dicho algo así: “Para Proust: Obedeciendo a la modernidad, me dirijo a usted en este ejercicio inútil y grotesco que para mí supone hablar con una máquina, para decirle que, cuando termine usted de recuperar el tiempo perdido, hábleme a mi celular”.

Lawrence Durrell: “No estoy de acuerdo contigo cuando dices que con una mujer sólo pueden hacerse tres cosas: amarla, sufrir o hacer con ella literatura. Te mando un whatsup más tarde para discutirlo, te quiere Justine”. Jaime Sabines: “Sé que quieres cantar algún día esta nostalgia de las cosas simples, este viaje suntuoso que hemos emprendido hacia el mañana sin haber amado lo suficiente nuestro ayer pero por hoy, no me apetece cantar, mucho menos hablar”. Octavio Paz: “Sé que para usted, la palabra se levanta de la página escrita y el eco se congela en el laberinto del oído: es inocencia y no ciencia, para hablar, aprende a callar”. Ya lo dije, ahora callo porque se me congeló la voz. Algún día yo misma instalaré un sistema de estos en mi propia oficina.

Una grabación que diga así: “Si quieres hablar con Sofía marca uno, si deseas dejar un mensaje marca dos, si quieres felicitarme por mi cumpleaños, marca tres, si quieres saber si ya terminé de escribir mi columna, marca cuatro, si quieres insultarme después de leerla, respira profundo, cuenta hasta cien e intenta llamar más tarde o espera en la línea, con un poco de suerte, una amable operadora, algún día, te atenderá”.

Por: Sofía Mercado.

1 Comment

1 Comment

  1. Ruth micha

    20/11/2012 at 2:09 am

    Como siempre Sofía nos cautiva con sus experiencias !!! Muy cierto desesperante hablar con grabadoras

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