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Los desplazados de Mosul que prefieren la amenaza del EI a los campamentos

28 de febrero de 2017 – Mosul (Irak) – EFE.

El riesgo de que en cualquier momento les pueda caer un proyectil del grupo terrorista Estado Islámico (EI) no ha impedido a miles de civiles regresar a Mosul desde los campos de desplazados, pues prefieren esa amenaza a vivir en lo que algunos comparan a un corral.

El iraquí Ehsem Ali es uno de los cerca de 50.000 habitantes de Mosul que prefirió enfrentarse a los ataques terroristas y vivir en una ciudad que carece de agua, electricidad y otros servicios básicos, antes que prolongar un solo día su estancia en los campamentos.

“Sí, tenemos miedo de los drones y a los atentados, pero he vuelto porque quería continuar con mi vida. No soy una oveja para que me encierren en un redil”, explica a Efe Ali.

La lona de la tienda de campaña es el único recuerdo que Ali ha querido guardar de la “terrible” experiencia en el campo de desplazados de Al Jazer, en el que tuvo que buscar refugio huyendo del EI.

Ahora la tela de plástico grueso con el logotipo de la agencia de la ONU para los Refugiados, ACNUR, cuelga a lo largo de la fachada de su casa en el barrio de Aden, en el este de Mosul, donde ha sido reconvertida en un toldo para protegerse del perenne sol del norte de Irak.

La familia -Ali, su mujer y dos hijos, un niño y una niña- aguantó dos meses en el campo de Al Jazer, uno de los mayores de los nueve establecidos en Irak para acoger a los civiles que han salido de Mosul.

Allí, según recuerda el padre, tenían asignada una tienda de campaña pequeña, los baños eran compartidos y “no tenías privacidad”, pero lo que más le molestaba era que se les prohibiera salir de las instalaciones del campamento.

“No puedes salir del campo o tener trabajo, te quitan el carné de identidad. No me lo han devuelto aún”, relata Ali.

Sin identificación, es prácticamente imposible superar los numerosos puestos de control que existen en las carreteras alrededor de Mosul, así como los que están diseminados por toda la ciudad.

Recuerda amargamente que le pidió permiso al administrador del campo para poder salir dos días e ir a Erbil a visitar a su sobrino, malherido por un mortero lanzado por los yihadistas cuando trataba de huir de la ciudad, pero no le fue permitido.

Sin embargo, no en todos los campamentos ocurre lo mismo y en algunos de ellos se permite la entrada y salida de sus residentes.

Actualmente, cerca de 160.000 personas continúan alojadas en los campos alrededor de Mosul y en los que han sido instalados en las regiones vecinas del Kurdistán y Saladino, aunque este sábado comenzó la evacuación del oeste de Mosul, con lo que esta cifra puede aumentar rápidamente.

La ONU espera que 245.000 civiles, como mínimo, traten de huir de la mitad oeste de Mosul en las próximas semanas.

Cerca de 50.000 personas, según datos de ACNUR, han regresado de los campos hacia sus hogares, pero más de un millar han emprendido el camino de regreso hacia las tiendas de campaña por las duras condiciones de vida en Mosul.

En el caso de la familia de Ali, cuando regresaron a casa, dos meses y medio después de que el EI los expulsara amenazándoles con un coche bomba, se encontraron su vivienda saqueada.

Se habían llevado todos los objetos de valor y el resto había sido dañado, rompieron incluso la colección de trofeos de fútbol que Ali había ganado en su juventud.

Los desperfectos eran tales que la familia tuvo que quedarse una semana en casa de un tío mientras limpiaban su casa y luego se mudaron sin tener puerta o cristales en las ventanas.

El trabajo de reconstrucción no ha terminado y tan solo han colocado plásticos en las ventanas y puertas, para aislarse de las frías temperaturas, que pueden bajar a los cero grados por la noche.

Como el resto de los habitantes de Mosul, la familia se ha visto obligada a alquilar un generador de electricidad, que les cuesta unos 40 dólares al mes, un precio elevado para Irak, y han cavado un pozo para extraer agua, que es potable, pero tiene sabor terroso.

En Mosul, Ali ha podido volver al trabajo: una tienda que repara vídeoconsolas y que comparte con un socio, y que los yihadistas le obligaron a cerrar cuando prohibieron todas las formas de ocio durante sus dos años y medio de dominio en la ciudad.

Pero debido a que la guerra aún no ha acabado, por el momento Ali se tiene que privar de su pasatiempo favorito, jugar al fútbol, por miedo a que el EI lance una bomba sobre la cancha, como ha hecho en recientes ocasiones.

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