La nación

Los profesores de EEUU no quieren ser policías

Kasey Hansen, una educadora que ejerce en Utah, es de las pocas del gremio que está a favor de ir armada a las aulas. En la imagen, Kasey hace prácticas de tiro con un arma corta.

La propuesta de Trump de armar a los docentes ha desatado un rechazo y una unión sin precedentes en el gremio. No desean esa responsabilidad: «Mi trabajo es enseñar»

26 de febrero de 2018 – Agencias.

La penúltima ocurrencia del presidente Donald Trump consiste en sugerir que los maestros reciban entrenamiento militar. Como respuesta a las masacres en colegios, que sean ellos, los profesores, los que tumben a plomazos al psicópata con munición de combate. «Creo que pretende descargar la responsabilidad en los profesores», comenta Brenda Danae Berber, profesora de tercer grado en la escuela de primaria de Alexander, en Houston (Texas). «Es una respuesta reactiva porque de hecho concede la iniciativa al agresor. Debería ponerse el foco en ellos y en cómo prevenir que estas tragedias puedan suceder. Pero para Trump es más sencillo presionar a los maestros que a la Asociación Nacional del Rifle. Al final todo tiene que ver con quién le ofrece más rentabilidad. Necesitamos unas regulaciones más escrictas para los propietarios de armas».

Para Kimmy Flores Jr., profesor de educación física en la escuela de primaria James Bowie de San Marcos (Texas), «se trata de una decisión apresurada». «Tienes que considerar la edad de los profesores. La mayoría o acaban de graduarse o han enseñado durante muchos años y son ya mayores. Además, debes considerar el entrenamiento intensivo añadido que tendrían que recibir para estar bien preparados. Finalmente, desde un punto de vista económico, hay que pensar en el coste del armamento y los entrenamientos y, también, supongo, en el incremento del pago a los profesores que lleven un arma».

Karina Malik, profesora en la escuela de primaria Dos Puentes, en Washington Heights, Nueva York, explica que «no es una buena idea, entre otras cosas, como me preguntaba el otro día una compañera, “¿A ti te gustaría ser el adulto con un arma en la mano cuando entren en el colegio las fuerzas especiales?”. Y luego, bueno, imagina ir a la escuela con la responsabilidad de saber que a lo mejor hoy entra un asesino, imagina dar clase pensando eso y que tienes que salvar a los niños. O vas a salvarles o a enseñarles».

«No me importaría disponer de un arma en caso de ataque», dice Flores, «pero me pregunto, por ejemplo, dónde estaría guardada. ¿La llevaría yo encima o estaría en un armario? Y pienso en la seguridad de los estudiantes. Llevar armas al campus aumenta la posibilidad de que los estudiantes puedan hacerse daño si están desatendidos». «No me sentiría segura», responde Berber, «mi trabajo es enseñar, no ser un guardaespaldas. Protegería a mis estudiantes si fuera necesario pero es el colegio el que debe velar por la seguridad».

Entre tanto los colegios siguen unos estrictos protocolos de emergencia. Incluido el simulacro de que un asesino haya entrado en el centro. «Tengo que cerrar la puerta con llave», relata Malik, «apagar todas las luces y esconderme con los niños en el armario, que tienen entre 5 y 7 años, mientras otra profesora, previamente designada, camina por los pasillos y llama una a una a todas las puertas diciendo a gritos que tiene una emergencia, y los niños están conmigo, escuchando eso, en el armario, y tendrías que ver sus ojos, hay terror en su mirada, pero no podemos abrir, porque la maestra podría tener a un tipo apuntándole a la cabeza, y los niños no pueden hablar, no pueden reír, no pueden estornudar, y eso hay que hacerlo también con los niños de 4 y 5 años, y algunas veces los niños se ponen a llorar, a temblar, tienes que decirles al oído muy bajo que es una práctica, que es mentira, pero es traumatizante. Y esto es una vez cada dos meses».

Por si fuera poco, esto de la escritora Sarah Zhang, que en 2015, en la revista «The Atlantic», recordaba que «en 1996, el Congreso –presionado por la Asociación Nacional del Rifle– prohibió a los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades financiar las investigaciones relacionadas con las armas de fuego». De esos lodos viene, por ejemplo, la dificultad para estimar el número de tiroteos en centros educativos. Uno de los contadores más fiables, coordinado por Education Week, estima en seis el número de tiroteos con muertos y heridos en colegios en lo que llevamos de 2018. Veinte muertos. Dieciséis estudiantes y cuatro adultos. 43 heridos. ¿Los criminales? un estudiante de 15 años en Benton, Kentucky, que mató a dos compañeros. Nikolas Cruz, en Florida, que asesinó a 17 personas. Luego está la niña de 12 años que hirió de bala a dos compañeros de 15 en el colegio Salvador Castro de Los Angeles. Y el adulto de 32 años asesinado en un partido de instituto de un Instituto de Filadelfia. Etc.

«Entre las maestras con las que trabajo», añade Malik, «el ambiente es que ni de broma vamos a llevar armas». ¿Y los detectores de metales? «Mira, yo estudié en un Instituto de Queens que era bastante peligroso. Había muchas bandas. Y teníamos un detector de metales. Los detectores de metales ya están instalados en los colegios en barrios con mucha violencia, y te prometo que a pesar del detector cada vez que en el colegio había una pelea aparecían tantos cuchillos y pistolas que era una locura. Hay muchas formas de colar un arma, y ningún detector de metales conseguirá evitarlo».

Otra vez como en los días de la Guerra Fría, cuando los escolares se escondían bajo el pupitre mientras el lobo llamaba a la puerta.

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