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Migrantes, en la frontera turco-griega: “Aquí ya no tenemos casa ni amigos ni familia”

Varios migrantes caminan hacia Grecia cerca de la ciudad turca de Edirne, el pasado 9 de marzo.TOLGA BOZOGLU / EFE

Turquía promueve la vuelta de los migrantes que viajaron a la frontera con Grecia, aunque a la mayoría no les queda nada

27 de marzo de 2020 – Estambul – Agencias.

“Las noticias se han olvidado de nosotros, solo hablan del coronavirus”, se queja un refugiado acampado en el paso fronterizo de Pazarkule, entre Turquía y Grecia, en un vídeo grabado por los propios migrantes y publicado por la red de activistas Göçmen Dayanisma. Ha pasado casi un mes desde que el Gobierno turco anunció que permitiría el libre paso de refugiados y migrantes que deseasen alcanzar la Unión Europea. Miles emprendieron el camino, solo para encontrarse que Grecia había reforzado la seguridad fronteriza y retornaba a todo aquel que lograra cruzar. La mayoría han regresado a las ciudades turcas en las que residían, pero algunos no tienen adonde hacerlo, pues abandonaron sus precarios empleos y sus hogares, y vendieron sus pertenencias para costearse el desplazamiento.

Es el caso del afgano Ali, su mujer y su bebé de 11 meses. “Vivíamos en Ünye [localidad de la costa del mar Negro a 1.000 kilómetros de Pazarkule] y nos fuimos a la frontera. Pero después de 25 días allí, se nos terminó el poco dinero que teníamos. Nos ayudaron a regresar a Ünye unos chicos que nos dieron un abrigo y el billete de autobús. Pero aquí ya no tenemos casa ni amigos ni familia. Hemos pasado una noche en la calle y luego un señor nos dejó pasar unos días en una sala de la mezquita”, cuenta por teléfono: “¿Por qué fuimos a la frontera? Porque iba todo el mundo y decían que estaba abierta, pero no lo estaba. Ahora nos hemos quedado en la miseria”.

El pasado día 16, alegando el miedo a la extensión del coronavirus, agentes de policía vallaron completamente el campamento improvisado de Pazarkule y prohibieron que los refugiados se acercasen al vecino pueblo de Karaagaç como solían hacer cada día para recargar sus teléfonos móviles y adquirir algo de comida. “Están tomando las huellas dactilares de todos los que salen del campamento y han avisado de que quienes salgan no podrán volver a entrar y deberán irse de la frontera”, explica por teléfono Morteza, un refugiado iraní.

Al mismo tiempo, decenas de buses fletados por la Dirección General de Migraciones se han dirigido a la frontera para recoger a los refugiados que deseen volver a Estambul. Algunos aseguran que incluso se han reducido al mínimo las raciones de comida que un par de ONG turcas reparten cada día. “Están utilizando todos los medios posibles para que nos vayamos. A quienes se van les dan ropa, zapatos, comida y algo de dinero. Así que muchísima gente está yéndose”, asegura Morteza: “Pero nosotros intentaremos permanecer aquí”. Aquí es un campamento desastroso: la mayoría de tiendas de campaña son palos del cercano bosque o hierros rescatados de basurales, cubiertos con mantas, cartones y trozos de plástico. Cuando llueve, las tiendas se inundan. Todo está cubierto de nuevos desperdicios, no hay agua corriente y apenas algunos váteres portátiles. La atención sanitaria es mínima pese a que, tras semanas a la intemperie, muchos han comenzado a desarrollar catarros y otras enfermedades respiratorias.

De las 15.000 personas que llegaron a congregarse a lo largo de la frontera turco-griega, quedan ahora unas 3.000, según diversas fuentes. Y, aunque en algunas ocasiones vuelven a intentar sobrepasar la valla instalada por Grecia a lo largo de la frontera, “la situación se ha calmado”, reconoce una fuente del Gobierno griego: “[El sábado] las fuerzas turcas lanzaron gas lacrimógeno y piedras y forzaron a los migrantes a intentar pasar la frontera ilegalmente. Pero también estamos teniendo días sin un solo intento”. Atenas asegura que sus fuerzas de seguridad han impedido 52.541 intentos de cruce ilegal y arrestado a 410 migrantes que habían llegado a territorio griego.

Pero, ¿qué ha movido al cambio de estrategia del Gobierno turco? El Ejecutivo de Recep Tayyip Erdogan decretó la vía libre hacia Europa la muerte de 34 soldados turcos en un bombardeo del Ejército sirio en Idlib. Su objetivo era implicar a la UE en el drama humano que se vive en Siria, donde millones de desplazados por el régimen de El Asad se agolpan en la frontera con Turquía (que ya acoge a 3,7 millones de refugiados sirios). Y, además, revisar las condiciones del pacto antimigratorio firmado ahora hace cuatro años y del que considera que Bruselas no ha cumplido su parte. Pero las entrevistas que Erdogan mantuvo con los líderes de la UE y de los Estados miembro no resultaron en acuerdos sustanciales, solo en promesas a medio plazo. Entretanto, la crisis por el coronavirus ha acaparado toda la atención: en Turquía hay 1.529 enfermos detectados, 37 muertos y los contagios “se han extendido por todo el país”, según el Ministerio de Sanidad, lo que ha obligado a cerrar las fronteras con Grecia y Bulgaria excepto al paso de mercancías.

Dureza

Por otro lado, es probable que Turquía no esperase una actitud tan dura de las autoridades griegas, que han suspendido la aplicación de la Convención de Ginebra sobre el asilo y no han dudado en defender la frontera con gases lacrimógenos, disparos de balas de plástico e incluso munición real, matando a dos refugiados e hiriendo al menos a 164.. De hecho, esta semana, el relator especial de la ONU para los derechos de los migrantes, Felipe González Morales, exigió a Atenas que ponga fin a la “violencia” contra los refugiados, a las devoluciones en caliente y al uso de civiles armados para proteger su frontera.

Un mes después, el gambito del Gobierno de Erdogan para tratar de forzar a la UE a compartir el peso de los refugiados, no ha dado resultados. Los chat en los grupos de WhatsApp, Telegram y Facebook que instaban a los migrantes y refugiados a desplazarse a la frontera porque “las puertas están abiertas”, permanecen en silencio desde hace semanas. Por el camino han quedado rotos los sueños de miles de personas que ansiaban llegar a Europa, defraudadas por falsas promesas. “Esperamos que Turquía se dé cuenta de que ha cometido un error —se queja la fuente del Gobierno heleno— y que deje de utilizar a esta pobre gente para sus objetivos geopolíticos”.

Mientras, algunos de los refugiados y migrantes que han decidido regresar de la frontera se hallan en un limbo. Un grupo de activistas se ha organizado para tratar de ayudar a los que dejan en la estación de autobuses de Estambul, donde muchos son abandonados. “Intentamos darles algo de ropa, comida y ayudarles a comprar un billete de autobús al lugar desde donde vinieron”, explica una de las activistas, que solicita el anonimato. “Pero algunos nos cuentan que lo vendieron todo para ir hasta la frontera y que no tienen un lugar al que regresar”, añade. El Ayuntamiento ha habilitado una sala para que puedan quedarse unos días, pero la situación es mala, confirman los activistas, y se dan algunos casos de enfermedad. “Intentamos llevar a una familia al hospital porque los niños tenían fiebre, pero los rechazaron por miedo a que fuese coronavirus”, cuenta la activista. Las ONG que podrían ayudarles también han cerrado la mayor parte de sus actividades externas.

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