Editorial

No es nada de tu cuerpo. Por: Sofía Mercado

“El tiempo no es más que el espacio entre nuestros recuerdos”. Henry Frédéric Amiel

Tomas el libro de Jaime Sabines, abres la página marcada -tantas veces leída- y te parece que esta vez, las palabras cobran un nuevo significado: “No es nada de tu cuerpo ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre, ni ese lugar secreto que los dos conocemos”…. lees en voz alta, como si él pudiera escucharte: “Es el lugar donde estuviste, estos mis brazos tercos”.

Acaricias el recuerdo, ahora con el pensamiento, sabiendo -porque en el fondo lo sabes- que el recuerdo tiñe a su antojo los ayeres. “No es tu mirada -¿qué es una mirada?- triste luz descarriada, paz sin dueño, ni el álbum de tu oído, ni tus voces, ni las ojeras que te deja el sueño”. Sí, acaricias el recuerdo pero da igual porque sabes que la memoria y sólo la memoria sabe lo que debe guardar entero.

Y a pesar de que no podrías definir ni los detalles ni los cómos ni los porqués, regresas a aquel mediodía iluminado apenas por la luz opaca de un sol mustio. Llegaste a la cita. Subiste la escalera. Y conforme te acercabas, un escalofrío desconocido que te nacía de muy dentro, te estremeció hasta los huesos. Temblabas. ¿Acaso presentías lo que iba a ocurrir? No. Si de verdad eres honesta, reconocerías que, en ese momento, ni siquiera podías imaginártelo. Cuando más deseamos algo, más parece escurrirse a toda posibilidad. Y tú ya lo habías deseado y soñado demasiadas veces como para creer que precisamente ese día, el destino tomaría partido a tu favor.

Él te abrazó. Reconociste en su abrazo la misma ternura de siempre, a pesar de que hacía años que no sabías nada de él. ¿Por qué te fuiste? -hubieras querido preguntarle. ¿Qué fuiste a buscar a los Estados Unidos?, ¿Por qué tienes que irte otra vez? ¿Por qué no te quedas aquí conmigo para siempre? Te abrazó, pero en ti, la sensación fue distinta.

No era ternura lo que te provocaba su cercanía. Era un sentimiento suave y aterciopelado, que mitigó el frío que sentías por dentro. Te besó. Pero el roce fue más allá de lo previsto. Y no fue el fuego de sus caricias lo que te llevó al abismo. Si te abandonaste, si te dejaste ir fue por lo que te dijo sin decir con su mirada.

Nos separa el silencio- pensaste. La desnudez de tu mirada me penetra: dice lo que callas, yo callo lo que veo. Y callaste porque hacía tiempo, mucho tiempo, que deseabas el deseo que entonces viste en sus ojos. Y te aprovechaste. Fundiste tus ganas en sus ganas. Tras el galope, los dos alcanzaron la cima de un mismo lenguaje: la claridad suspendida en la estancia del tiempo, los poderíos y las pulsiones que germinan y estallan en el centro del universo. Te derramaste entera, te entregaste sin reservas. Creíste que el tiempo era invisible. No el lugar real que fue, ni la sucesión de los tiempos en un solo lugar, sino la permanencia de un tiempo intemporal erguido desde un fondo invisible, pero te equivocaste.

Hoy, unos cuantos días después, tomas el libro de Sabines, relees la página marcada y sabes que no fue nada de su cuerpo, ese lugar donde él estuvo. Fue esta presencia que ahora sientes entre tus brazos. Una presencia que se va alejando de ti gota a gota. Se va de ti mi cuerpo- le dices desde la lejanía, pero tu voz como su ausencia se ahogan en el mar al que se hunden. Porque sabes que él ya no está y porque como escribió alguna vez Borges: “Después de un tiempo empezarás a aceptar tus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos y aprenderás a construir todos los caminos en el hoy porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes y los futuros tienen siempre una forma de caerse en la mitad”.

1 Comment

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  1. Ruth micha

    06/12/2012 at 7:01 pm

    Sofía !!!! Que manera de hacer vibrar el alma !!!

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