Mundo

No todos mueren una sola vez. Por Sofía Mercado

“Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia” Francis Scott Fitzgerald

Cuando regresó a México, fuimos por él al aeropuerto. Para mí, ese muchacho de veintitantos años no era más que un desconocido. Lo poco que sabía de él era a través de las conversaciones entre mis padres y mis tíos, que alrededor de una mesa, hablaban de

Ángel como si fuera el personaje de una novela: un héroe. Uno de esos tantos y tantos mexicanos que viven en Estados Unidos y que por eso los mandan al frente en épocas de guerra. Y yo quería conocerlo más que como un primo, como ese personaje valiente del que todos hablaban.

Era alto y fuerte y tenía una cicatriz que le cruzaba casi toda la mejilla. Sabrá Dios cuántas veces libró la muerte de puro milagro. Cuando me lo presentaron, estreché su mano, su enorme mano, mientras lo miraba a los ojos como queriendo adivinar todas esas miserias que él había atestiguado como soldado.

En la casa, la abuela le arregló un cuarto: una habitación asoleada con vista al jardín; mi padre le ofreció trabajo y entre todos, sin decírselo, le prometimos una vida mejor. Era serio, hablaba poco y al mirar lo hacía fijamente, con tristeza, como si sus ojos estuviesen todavía de cara a la muerte.

Pero regresó a su país para olvidar, para enterrar en lo más profundo de su ser todas esas atrocidades que producen las guerras: las caras ensangrentadas, los gritos desesperados de angustia y de dolor, los cadáveres como bultos tirados a su suerte en medio del camino, en medio de las balas y de la indiferencia.

Quería olvidar toda esa locura, el olor a sangre y sudor de soldados tratando de defenderse del enemigo, con el diablo metido en la piel, todos: aliados y enemigos agujerándose las entrañas mutuamente entre aullidos de miedo, de pánico. Olvidar el último aliento de algún compañero moribundo entre sus brazos pidiendo clemencia y compasión por última vez.

Ángel sólo quería olvidar. Así fue como regresó, con la enorme voluntad de mirar al futuro para dejar atrás, muy atrás, aquel pasado. “Ya no recuerdes nada de eso, mijito, porque ahí donde la toques, la memoria duele”, le dijo un tío.

Y me consta que Ángel lo intentó. Las cosas más simples lo hacían feliz: las comidas con la familia, la mesa llena de antojitos, frijoles refritos, totopos, guacamole, salsas, aguas de sabores, las enchiladas de mole, los taquitos de pollo y todos esos sabores entrañables de su tierra y de sus raíces. El amor incondicional de su gente lo arropó y en él Ángel se refugió con gusto, con una nueva esperanza y con fe, pero la ilusión le duró muy poco.

A los tres meses de su llegada, lo invitaron a Puebla. Ángel iba manejando. “Fue cuestión de segundos”-nos explicó su amigo-“Ángel calculó mal la curva y nos fuimos a estampar contra el árbol donde nos encontraron, estaba empapado en sangre y los ojos cerrados pero seguía vivo”-dijo. Y sigue vivo. Pero ahora Ángel respira con la ayuda de tubos y aparatos. Los doctores entran y salen de terapia intensiva. No saben si algún día podrá despertar, si podrá volver a hablar, a caminar.

Y pasan los días con todas sus horas y pasan las noches con todas sus sombras y él sigue muerto en vida. “¿Se va a salvar?”-me pregunta uno de los sobrinos. No contesto. Guardo silencio y en silencio, nada más le pido a la muerte que se lo beba de un solo trago y para siempre. Porque así no se vale. Porque así, la muerte no tiene término, no se termina nunca de morir. Porque Ángel merece un final más justo. Porque hasta para morir con dignidad hace falta tener suerte.

Por: Sofía Mercado

3 Comments

3 Comments

  1. REID WRITER

    11/11/2012 at 1:37 am

    WE ARE ALL WARRIORS. SOME GO TO BATTLE. OTHERS GO INTO SOCIETY. WITHOUT SCARS THEN WORDS ARE ONLY GRENADES WITHOUT FIRING PINS. yOUR STORY BRINGS TO MIND THE FOLLOWING:

    Los Heraldos Negros

    Hay golpes en la vida tan fuertes . . . ¡Yo no se!
    Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos;
    la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma
    ¡Yo no se!
    Son pocos; pero son . . . abren zanjas oscuras
    en el rostro mas fiero y en el lomo mas fuerte,
    Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
    o los heraldos negros que nos manda la Muerte

    Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
    de alguna adorable que el Destino Blasfema,
    Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
    de algún pan que en la puerta del horno se nos quema

    Y el hombre….pobre…¡pobre!
    Vuelve los ojos,
    como cuando por sobre el hombro
    nos llama una palmada;
    vuelve los ojos locos,
    y todo lo vivido
    se empoza, como charco de culpa,
    en la mirada.

    Hay golpes en la vida, tan fuertes . . . ¡Yo no se!
    Cesar Vallejo

  2. REID WRITER

    11/11/2012 at 2:01 am

    WE ARE ALL WARRIORS. SOME GO TO BATTLE. OTHERS GO INTO SOCIETY. WITHOUT SCARS ARE ONLY GRENADES THEN WORDS WITHOUT FIRING PINS. BRINGS TO MIND Your Story THE FOLLOWING:
    The Black Heralds
    There are blows in life so strong. . . I do not know!
    Blows as hatred of God, as if before them
    the undertow of everything suffered welled in my soul
    I do not know!
    are few, but they are. . . opening dark furrows
    in the fiercest of faces and spine stronger,
    are perhaps the colts of barbaric Attilas,
    or the black heralds Death sends us
    They are the deep falls of the Christs of the soul,
    of some adorable Fate blasphemous
    Those bloody blows are the crepitation
    of some bread in the oven door burns us
    And man …. poor … poor!
    turns his eyes,
    as if over the shoulder
    slap calls us;
    becomes crazy eyes,
    and everything lived
    wells up, like a pool of guilt
    in his eyes.
    There are blows in life, so strong. . . I do not know!
    Cesar Vallejo

  3. Ruth micha

    13/11/2012 at 9:41 pm

    Muy triste !! Pero cierto hay que tener más suerte para morir que para vivir !! Gracias Sofía por esta historia !!

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