Editorial

Para ese ser maravilloso: Nuestra Madre

Uno de los más especiales días de celebración universal es el de las madres y, aunque el comercio también interviene, definitivamente es el espacio de tiempo que con mayor alegría festejamos los latinos.

Y no es para menos. El amor que profesemos por tan especial ser, rebasa todos los sentimientos, en cada uno de nuestros corazones el amor vibra con la emoción más noble hacia el ser que nos regaló la vida y que pacientemente nos enseñó ha convertirnos en personitas, prodigándonos toda clase de cuidados y regándonos cual bella planta con los mimos y sabias enseñanzas brotadas de su loable corazón.

Sin embargo, si miramos a nuestro alrededor, encontramos madres inmigrantes que sacrifican todo por sus hijos. Ejemplos heroicos de dedicación por quienes crecieron pacientemente en sus vientres. Madres que traspasaron la frontera y enfrentaron multitud de peligros con el sueño de llegar hasta aquí, para marcar la diferencia. Para poderles ofrecer un mejor mañana, un futuro con luz, lejos quizás de la miseria que dejaron cuando decidieron partir, dejándolo todo, para crear una esperanza para aquellos que son parte de su cuerpo y de su sangre. Y aunque se alejan de sus seres más queridos, también es cierto que en su corazón siempre habitan en un lugar muy especial y constituyen la fuerza para soportar las dificultades que tienen que enfrentar en esta tierra de oportunidades.

Para una madre inmigrante no es fácil hacerse a un medio de subsistencia que le proporcione la manera de prodigarles el soporte económico a los que dejó atrás, pero el sacrificio que veo constantemente en estas extraordinarias mujeres que se enfrentan a todos los obstáculos por alcanzar sus metas, me hace creer que su permanencia aquí constituye un verdadero milagro, por su tenacidad y valentía.

Muchas de ellas trabajan sin descanso, soportando humillaciones, malos tratos, persecuciones y un sin número de temores. Todo lo soportan con resignación, con tal de conseguir el medio económico para enviarles a los suyos. Muchos de ellos no se imaginan las vicisitudes por las que pasan en su pueblo para poder conseguirles su bienestar. Muchos de esos hijos que quedaron allá en esa lejana ciudad, quizás con el afán de la juventud, no se dan cuenta del inmenso amor que les tiene ese ser maravilloso que al otro lado del teléfono les dice: “Cuídate hijito, no te preocupes que ahí les envío el dinerito para que no les falte nada, te quiero mucho”. Quizás no se dan cuenta de que se enturbia un poco su voz al escucharlos y quizás se quiebra cuando una lágrima furtiva se escapa cuando tiene que colgar.

Esa madre que trabaja de sol a sol por sus hijos es quien merece todo nuestro respeto y admiración, pero también lo merece toda mujer que ha luchado incluso contra su propio compañero para prodigarle todos sus cuidados al fruto de sus entrañas y protegerlo. Aquella que sólo espera pacientemente a que un hijo le regale una visita o se conforma con escucharlo a través de un teléfono. Aquella madre que lo da todo por el bienestar de sus hijos, así para ella no quede nada. Esa madre que de pronto morirá sola, abandonada en un asilo, porque sus hijos no quisieron hacerse cargo de su vejez. Porque el tiempo borró de sus memorias los momentos de cuidado y de vigilia que tuvo mirándolos extasiada meciéndolos en su regazo, o cuando soñolienta con ellos en brazos les susurraba al oído una canción de cuna para cerrarles los ojitos en un sueño de ángeles.

Hoy esos bebés pasaron rápidamente por una niñez, quizás caprichosa, pero su madre pacientemente no escatimó esfuerzos para verlos sonreír a costa de su libertad. También el tiempo rápidamente los convirtió en jóvenes, donde su juventud los cegó de los cuidados y del gran amor que su madre protagonizaba a cada momento, a cada día. Cuando en vela esperaba con miedo a que algo les pasara y el sueño esquivo era su compañero en las noches en vela a la espera de que la puerta le dijera a su corazón de madre que ya estaban en casa.

Y la vida continuó cambiando a sus hijos de sus entrañas, a sus grandes amores, y pudo contemplarlos ya como jóvenes temerarios, incursionando en las primeras mieles del amor. Su amor de madre los entendía, aunque muchas veces su corazón le avisaba que quizás estaban equivocados. La experiencia de esas madres maravillosas que han visto muchos amaneceres no es suficiente para hacerlos entrar en razón y quizás ven con tristeza cómo van rumbo a una gran decepción.

Pero a pesar de sus desplantes, de sus frases hirientes, la madre siempre conserva la esperanza de que todo cambiará y que su hijo, ahora convertido en hombre o mujer, llegará a abrazarla y besarla con amor. Esa madre esperará toda su vida por palabras de cariño, por un abrazo amoroso de esos seres que tanto ha amado y que ni el tiempo ni los malos momentos podrán borrar jamás de su corazón su gran amor. Porque son parte de su ser, porque son parte de su sangre, porque son parte de su vida, ¡Porque son sus hijos! Así el tiempo los haya convertido en hombres, así el tiempo los haya alejado de su vida y el tiempo implacable haya dejado surcos en su piel e hilos de plata en su cabellera. Así sus pasos se tornen lentos y temblorosos y sus brazos ya no tengan la fuerza que los cargó de antaño, así su voz no susurre sus canciones de cuna y su vista cansada pareciera que no los distinga, así y todo, debemos saber que ese ser maravilloso es quien siempre será nuestra madre, aún más allá, cuando convertida en estrella, vele desde el infinito por nosotros, sus hijos.

¡Feliz día para ese maravilloso ser, nuestra madre, en el lugar que esté!

El Director
Jairo Vargas
Latino News, LLC

1 Comment

1 Comment

  1. Maria Angelica Quintero

    14/05/2012 at 3:40 am

    Muy buen mensaje y muy real.

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