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«Pasé tanto miedo que ni recuerdo la cara de quien me salvó»

27 de Febrero de 2015 – Agencias.

En la habitación 209 del hospital de Rodas varias mujeres sonríen mientras abren sacos de ropa. Entre ellas, Wegasi Nebiat, la joven eritrea que el lunes fue rescatada en el naufragio de una embarcación con 93 inmigrantes en la orilla de esa isla griega. En la tragedia murieron un joven sirio, una mujer eritrea y su hijo de cinco años. El resto consiguió sobrevivir gracias a la ayuda de los transeúntes que pasaban por la playa de Zéfyro, donde tuvo lugar el accidente.

«No me creo que estemos vivos», dice Nebiat, a quien le cuelga del brazo un catéter con suero. Las imágenes de su rescate dieron la vuelta al mundo, pero ella no recuerda nada. «Pasé mucho miedo, en esos momentos tenía claro que me iba a ahogar. Tanto que no podría reconocer el rostro de la persona que me salvó», asegura. Al lado de esta joven de 24 años, su prometido le sujeta la mano. Veerdi, 12 años mayor, tiene el puño derecho vendado. «Al escuchar el crujido del barco chocar contra las rocas, golpeé la ventana hasta romperla. Cuando giré la vista para buscar a Nebiat ya estaba en el agua», narra él, lanzando una mueca a su futura esposa, «pensaba que no la volvería a ver».

Wegasi Nebiat

Wegasi Nebiat

Ambos huyeron de Eritrea hace tres meses. «En nuestro país es obligatorio el servicio militar cuando cumples la mayoría de edad, tanto para hombres como para mujeres. Terminas cuando ellos quieren. Yo llevaba 18 años en el Ejército», relata Veerdi, que prefiere no recordar esa etapa de su vida. «Caminamos por el desierto desde Asmara [capital de Eritrea] hasta Sudán durante tres semanas. En la frontera pagamos 30.000 nakfas (unos 1.800 euros) cada uno. Una vez allí tuvimos que sobornar a la Policía sudanesa cada vez que nos paraba. En total, gastamos alrededor de otros mil euros», calcula la joven.

«Si las autoridades eritreas te detienen, las penas de prisión pueden ascender a tres años, con torturas diarias como castigo, para así evitar que lo vuelvas a intentar y para que sirva de ejemplo al resto», afirma Veerdi, quien se niega a ser fotografiado por las amenazas o represalias que pueda recibir su familia.

La ONG de Derechos Humanos Human Rights Watch (HRW) ya advertía en un informe publicado en 2009 de que «el servicio nacional indefinido obligatorio es un elemento cada vez más importante de la crisis de los derechos humanos en Eritrea. Los reclutas (…) son sujetos a castigos militares y a torturas crueles. Los desertores son detenidos en condiciones terribles, y duras penas pesadas son impuestas sobre las familias de los que evaden el servicio o huyen del país».

Los padres del joven y de Nebiat se oponían a que sus hijos emprendieran el peligroso viaje. «Por eso no nos han prestado dinero, como a la mayoría de nuestros amigos», asegura. Desde Sudán tomaron un vuelo hasta Estambul, donde contactaron con los traficantes que se encargan de organizar los trayectos en barco hasta la costa griega y a los que pagaron 2.500 euros por persona. Según Veerdi, esa idea de mafia que tiene la opinión pública europea en realidad es una cadena. «Tengo conocidos en Eritrea, Sudán, Turquía, Grecia y Alemania. Ellos lo preparan todo. A veces pones el dinero en Western Union y cuando llegas a tu siguiente destino le das el código a tu facilitador [como llama él a los traficantes] para que lo pueda cobrar. En el caso de los barcos desde Turquía lo tienes que pagar en efectivo», describe.

En los próximos días, la pareja saldrá de Rodas hacia Atenas, donde les esperan algunos compatriotas, y desde allí hasta Alemania, Suecia, Noruega… «Nos da igual», asevera. «Nuestro sueño es casarnos y formar una familia aquí», afirma Nebiat. «Cuando todo esté más tranquilo», le interrumpe Veerdi con una mueca de escepticismo o, tal vez, de prudencia.

De momento, ambos aguardan a que se recupere una compatriota que llegó con un embarazo de nueve meses, la única superviviente que sigue hospitalizada. «Los facilitadores cobran sólo una persona si el niño está dentro. Si llevas un bebé, pagas por dos. No hay descuento», apunta Nebiat, quien cuenta cómo muchas mujeres emprenden la travesía el mismo día en que se enteran que van a ser madres, y «la mayor parte de las veces vienen solas, antes de que lo sepa la familia o el marido. De lo contrario, ya no tienen oportunidad», añade.

El viernes nació el niño que esperaba, al que llamará Antonis, el mismo nombre del hombre que la rescató. Antonis es un militar que aquel día estaba fuera de servicio y paseaba por la playa. Fue el mismo que sacó del agua a Nebiat, la joven que ahora sonríe en la habitación, rodeada de peluches y ropa que los vecinos de Rodas les llevaron esta semana. «Sólo les puedo dar las gracias» a todos ellos, declara Nebiat, que tiene muy claro que esas personas anónimas son las que permitieron «que hoy sigamos aquí». Pese a los riesgos que comporta la huida, tanto ella como Veerdi coinciden en que la mayoría de los jóvenes de su país quieren escapar, «aunque no muchos consiguen llegar a Europa».

Entre las rocas de la playa de Zéfyro todavía flotan los restos de un accidente que podría haber terminado en una nueva tragedia en el Mediterráneo. Entre las maderas y ropas que siguen allí, se pueden encontrar pastillas para el mareo de una marca turca. Probablemente, el centenar de inmigrantes que viajaban en esa embarcación esperaban un trayecto más tranquilo.

Historias de un naufragio

Mohamed-ArashiMohamed Arashi / Superviviente

«Si no te unes al Estado Islámico te pegan un tiro»

«¿Quieres saber por qué escapamos? Busca este vídeo, donde se ve cómo miembros del Estado Islámico (EI) matan a mi tío», dice Mohamed Arashi mientras apunta en la libreta unas palabras en árabe. Este joven de 25 años abandonó Siria hace un mes. «Desde la llegada del EI a la región de Alepo, la situación se ha vuelto imposible. Pasan con un megáfono por las calles y obligan a la gente a salir de sus casas. Les quitan el dinero, el coche, y a los jóvenes nos dan un fusil y nos fuerzan a unirnos a ellos. Si no lo haces te pegan un tiro ahí mismo», narra. Cruzar el norte de Siria hasta Turquía se ha convertido en algo imposible, al menos sin tener dinero. «A medida que avanzábamos teníamos que pagar a la milicia de turno, incluso al EI, que controlaba la aldea. Así hasta mil euros para llegar a la frontera», describe Mohamed, quien tardó tres semanas en salir de Siria a pie. El barco hasta Grecia le costó otros 2.500 euros.

«No confío en nadie», afirma el joven sobre los traficantes, «sólo pienso en llegar hasta Reino Unido o Noruega, porque hablo bien inglés, y poder trabajar como diseñador gráfico», profesión en la que se formó en Alepo. A Mohamed le preocupa ahora que registren sus huellas dactilares en Grecia y no pueda solicitar asilo en otro país europeo.

Al otro lado del pequeño patio de la Autoridad Portuaria de Rodas, donde 55 de los supervivientes pasaron hacinados los días posteriores al naufragio, descansa su compañero, un joven eritreo. Se llama Johanis y tardó siete años en llegar a Europa desde que partió de Eritrea, huyendo del servicio militar obligatorio. «Para unos días, este sitio está bien», afirma satisfecho tras encender un cigarrillo y señalar un montón de mantas en el suelo donde durmió varias noches.

Thasos Donas / Submarinista de la Cruz Roja

«Por muchos que salves, si muere uno te vas a casa a llorar»

En la orilla donde el lunes tuvo lugar el naufragio, las olas rompen ahora con calma, a diferencia del día de la tragedia. «Fue el peor rescate de mi vida. Muchos no sabían nadar y se te agarraban varios a la vez», cuenta Thasos Donas, un submarinista y voluntario de la Cruz Roja que sacó a seis personas del agua. Es lo que le han dicho, porque él no lo recuerda: «En esos momentos sólo piensas en volver a sumergirte y coger a la siguiente persona, no cuentas», explica. Thasos ha pasado a ser un héroe en la pequeña ciudad de Rodas, pero eso no le interesa. «En la Cruz Roja somos nosotros, no sólo uno. En el rescate participaron muchos voluntarios y gente que pasaba por la zona. Sin ellos, en vez de tres muertos, estaríamos hablando de sólo tres vivos», describe este submarinista de origen surafricano que lleva 15 años colaborando en las tareas de esa organización.

Caminando entre los restos de la embarcación, se detiene y señala una roca. «Allí sacamos a un joven sirio y al sentarlo le dio un ataque epiléptico. Intentaron reanimarlo durante veinte minutos, pero falleció», recuerda Thasos, para quien salvar vidas no supone suficiente recompensa si alguien muere: «Aunque rescatara a cien personas, si hay un solo cadáver, vuelves a casa llorando».

Para Thasos, «ese barco nunca debería haber llegado tan cerca de la costa». En la mayoría de casos, la Guardia Costera intercepta los botes en alta mar y los dirigen hasta el puerto. Sin embargo, la falta de medios y efectivos en las islas griegas dificulta esa tarea. «Participamos 40 personas en el rescate. ¿Qué hubiese sucedido si a bordo viajan mil inmigrantes? Mira en Italia», señala el voluntario, quien prefiere no buscar culpables, pero afirma que Europa debería contribuir más.

Stathis Samaras / Director del Puerto de Rodas

Stathis-Samaras«Saqué a una mujer con varias chaquetas; pesaba 200 kilos»

«Ha sido el rescate más complicado de mi vida. En el Dodecaneso (zona del mar Egeo) se forman unos remolinos submarinos que te hunden hacia abajo. Cogí a una mujer que llevaba cuatro pantalones y unas cuantas chaquetas. Pesaba como 200 kilos», relata Stathis Samaras, el director de la Autoridad Portuaria de Rodas, que ha trabajado 18 años como guardacostas y a quien el pasado lunes se le murió un joven en los brazos por primera vez en su carrera. «Me lo dieron y mientras lo sentaba le dio un ataque epiléptico. Era un sirio de 23 años», cuenta apartando la mirada.

Stathis pasó los tres días posteriores al naufragio sin pasar por casa, sólo para cambiarse de ropa. «A mis hijos no les cuento nada, tan sólo les digo que todo el mundo somos personas, iguales. No hace falta que se dediquen a rescatar vidas, simplemente que cuando sean mayores respeten a los demás, vengan de donde vengan», afirma conmocionado. Sobre el personal que trabaja en la Guardia Costera de la isla y la necesidad de refuerzos, se niega a hacer declaraciones. «Sólo sé que si el naufragio sucede de noche y no hay tanta gente aquí, estaríamos hablando de una tragedia mucho mayor», zanja taciturno. Nos remite a un alto cargo de la Guardia Costera en la isla vecina de Symi, a escasos 20 kilómetros de la costa turca. Éste denuncia la falta de medios, pero prefiere ocultar su identidad. «En esta lancha venían 40 personas», indica apuntando a una de las 50 embarcaciones que se acumulan en el puerto. La isla –con 3.000 habitantes– ha recibido unos 1.100 inmigrantes desde marzo. «Somos diez y disponemos de un solo barco», reconoce. A la mayoría de los inmigrantes los encuentran en la costa, «a veces se pasan dos días sin comer ni beber hasta que algún pescador los ve», dice.

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