La nación

¿Por qué arrasa Trump?

5 de marzo de 2016 – Nueva York – Agencias.

Estupefactos, los asesores de Hillary Clinton procesan la idea de enfrentarse a Donald Trump en la carrera por la Casa Blanca. Equipos de economistas estudian los balances de sus empresas, hay detectives trabajándose su biografía, asesores de imagen que van y vuelven del laboratorio mediático con las últimas fallas detectadas en su efigie, rastreadores en Twitter y politólogos arremangados ante el microscopio que descomponen agravios, disparates y contradicciones. Semejante despliegue, que parecía superfluo hace unos meses, cuando todos creían que Trump tenía los días contados, es ahora obligatorio ante la perspectiva de una campaña feroz, de las que empapelan con vísceras las paredes.

Trump muestra a un niño al que ha alzado de entre sus seguidores en un acto en Nueva Orleans.

Trump muestra a un niño al que ha alzado de entre sus seguidores en un acto en Nueva Orleans.

Tras el debate de esta semana, en el que Ted Cruz, John Kasich y Marco Rubio, sus rivales por la nominación republicana, hicieron frente común para ametrallarlo, los periodistas decretaron el principio del fin. Ufanos, escribieron que Trump comenzaba a tambalearse, incapaz de digerir el ataque. Horas después la cadena Fox preguntaba en una encuesta por el ganador del debate. ¿Los resultados? Rubio obtenía un 3%; Cruz el 6%; Kasich el 14% y Trump el 76%. Sondeos difundidos por otros medios arrojan cifras similares. Las contradicciones entre el dictamen de la «intelligentsia» y la opinión ciudadana han conocido una nueva explicación de la mano de Amanda Taub en una pieza titulada «El auge del autoritarismo americano». La reportera explica que hace unos meses un estudiante de la Universidad de Amherst, Matthew MacWilliams, que estudia precisamente las raíces y normas del cesarismo y el patrón psicológico que provoca su apogeo, «entrevistó a una muestra amplia de posibles votantes, buscando correlaciones entre el apoyo a Trump y el autoritarismo. Lo que encontró fue sorprendente: no sólo existe una correlación, sino que predice el apoyo a Trump de forma más fiable que cualquier otro indicador. Más tarde repitió la encuesta en Carolina del Sur, antes de las primarias, y los resultados fueron iguales».

Unas conclusiones similares a las que en 2009, mucho antes del ascenso de Trump, ya habían llegado los profesores Marc Hetherington, de la Universidad de Vanderbilt, y Jonathan Weiler, de la de Carolina del Norte, convencidos de que el Partido Republicano, espoleado por el Tea Party, y «posicionándose como el partido de los valores tradicionales y el orden público, había atraído a un enorme segmento de la población, tanto republicana como demócrata, con tendencias autoritarias». ¿Qué por qué exhibe músculo el despotismo y hay quien lo busca como si fuera un lingote de oro? En EEUU son millones los trabajadores blancos que creen amenazado su statu quo económico y social. Golpeados por la crisis de 2008, vecinos de unos barrios más y más mestizos, precarizados por la globalización, siguen al líder que divide al país mientras promete soluciones fastuosas y un feliz paseo hacia al edén. De Filadelfia a Caracas, Madrid o Atenas, cambian las máscaras y el aparataje ideológico, pero nunca el recetario para tiempos convulsos: liderazgo, emociones fuertes, masas enfebrecidas y dualidad entre nosotros, los buenos, y ellos, el enemigo.

Patrick Healy y Amy Chozick, en «The New York Times», comentan que frente al triunfalismo achispado de quienes en el bando de Hillary no toman en serio a Trump ya resuenan las admoniciones de su marido, el ex presidente Bill Clinton, convencido de que «posee un agudo sentido para detectar las necesidades del electorado, y que sólo una campaña orientada a retratarlo como alguien peligroso e intolerante ayudará en lo que podría ser un recuento electoral bastante ajustado».

Lo mejor es que Trump hoy afirma estar contra el aborto y mañana defiende una red de clínicas abortivas; promete diálogo con China y Rusia y, casi sin pestañear, amenaza con las ojivas nucleares; afea la contratación de curritos extranjeros y ficha a rumanos para su lujoso club en Florida. En este ir del blanco al negro, del digo al Diego, ha encontrado su bicoca. Imposible afearle el sobresalto conceptual por cuanto él mismo se encarga de rebatirse. Importa cero el mensaje; dan igual las propuestas; lo único decisivo es el tono, el aura, el carisma, así como la certeza, por parte de sus seguidores, de que Trump será un líder implacable. El azote de Washington.

Para entender la magnitud del choque conviene digerir hasta qué punto los controles de calidad de la política tradicional, bien interiorizados por Hillary, podrían derretirse frente a un candidato entrenado en la retórica de los reality shows, artista del trueque, fulero y sagaz y, sobre todo, imprevisible. Capaz, por ejemplo, de transformar la típica comparecencia de una noche electoral, generalmente guiadas con piloto automático, triunfalistas y breves, concebidas para minimizar riesgos, en una explosiva rueda de prensa. Ante semejante figura, la de un coloso que proyecta su aura caníbal, funcionan mal los recursos que en el pasado Hillary empleó para orillar a sus oponentes. Lo explicaba hace unos días a «The New York Times» Matthew Dowd, principal asesor de la campaña de George W. Bush en 2004: en mitad de un debate televisado, después de que Hillary detalle punto por punto sus políticas sobre la igualdad de género, sexismo, etc., «¿Se imaginan lo que hará Trump? Se girará hacia ella y le preguntará que de qué habla, si ni siquiera supo controlar a su marido».

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