Editorial

Punto Com. Por Sofía Mercado

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”. Albert Einstein

Lugar: Un consultorio médico en la ciudad de México, pero la escenografía bien puede ser cualquier oficina o un despacho de arquitectos o una agencia de viajes, en cualquier parte del mundo. Hora: Ésa en la que todavía se nos cierran los ojos porque apenas es lunes y los lunes son como de website o para decirlo en buen español: de flojera. Día: Uno de ésos en los que no estamos para aguantar la estupidez, la ineficiencia, ni lo vano, ni lo inútil, ni lo inhumano, ni nada que tenga cara o facha de grotesco. Asunto: Cita con el médico a las 10 a.m.

Me presento con la secretaria quien tiene la vista clavada en la pantalla de una laptop. ¿Nombre?-pregunta. Se lo doy. Ella le da al teclado con singular maestría. Mis datos personales quedan registrados en su software. ¿O será hardware? Tome asiento-me dice. Hojeo una de esas revistas rancias típicas de consultorios titulada “Mientras Espera”. Espero una hora cuarenta y cinco minutos hasta que la señorita se digna a levantar la vista para decir: pase.

Me presento con el médico quien por cierto está sentado frente a una poderosa Mac y tiene, como la secretaria, las manos puestas en el teclado. Apenas me siento, comienza el interrogatorio: ¿Nombre? ¿Edad? ¿Diabéticos en su familia? ¿Algún familiar con problemas del corazón? y una infinita lista de etcéteras a la cual sólo le faltó una pregunta: si mi tatarabuela tenía un lunar en el pecho izquierdo. Termina el interrogatorio.

Sin despegar los ojos de su pantalla, el doctor vuelve al teclado, escribe no sé qué. No me habla hasta que termina de imprimirse lo que mandó imprimir. Tiene que hacerse estos exámenes- señala en un tono imperativo, mientras me extiende el papel todavía tibio y recién expulsado por la impresora. Pida una cita cuando tenga los resultados. Me voy.

Mientras llega el elevador, leo la receta. No me hago mala sangre porque ya de por sí no tardan en sacármela, gota a gota, para luego depositarla en unos tubos de ensayo. Llego al laboratorio. La misma historia, diferente lugar. Una computadora, otra secretaria. ¿Nombre? ¿Dirección? ¿Teléfono? ¿Viene en ayunas? ¿A qué hora fue la última vez que ingirió algún alimento? Mis datos de nuevo quedan registrados en una computadora más. En un momento la llaman.

Ni modo. A esperar otra vez y a pensar en la inmortalidad del cangrejo. Porque como dicen: la clave de la paciencia es hacer algo mientras esperas. Y yo pienso y me da por preguntarme: ¿Qué es la muerte? Y entonces recuerdo lo que algunos personajes escribieron sobre el tema: Pancho Villa: “No me dejen morir así, digan que dije algo”. O Jorge Luis Borges: “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”. Y Zapata: “Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres”. ¿Qué es la vida?- pienso. ¿Somos dueños o protagonistas de nuestras existencias? Depende. El hombre de hoy está inmerso en el ciberespacio, esa red que acorta distancias pero que cada día nos aleja más de nosotros mismos y de cuanto nos rodea.

Miro la hora. Ya me cansé de esperar. Escribo una nota: Paciencia agotada váyanse todos al diablo arroba punto com. La dejo sobre el mostrador y al estilo Proust, me voy a recuperar el tiempo perdido. Es decir, a comprarme urgentemente un merecido café. ¿Alto, grande o venti? -pregunta el encargado y continúa con la tortura: -¿Frío, caliente o extra caliente? ¿Leche de soya o leche? ¿Entera o descremada? ¿Deslactosada o normal?, ¿Descafeinado o con cafeína?, ¿Con azúcar o con endulzante bajo en calorías?

Un café normal-respondo- y sin tanta estúpida crema batida y punto, sin el com. -¿Me recuerda su nombre? -pregunta de regreso y a mí me dan ganas de recordarle otra cosa. Lo siento, pero con tanta pregunta -contesto- ya no recuerdo ni cómo me llamo.

 

 

 

 

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