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Ruge Nairo Quintana en el puerto más duro del Tour

Nairo Quintana, durante la etapa 17 del Tour. JEFF PACHOUD. AFP.

Victoria del colombiano en el col más dura del Tour, donde Gereint Thomas reafirma su maillot amarillo y Froome se rinde

25 de julio de 2018 – Saint Lary Soulan – Agencias.

Nairo Quintana ruge y la afición se emociona porque es siempre hermoso ver a un escalador lanzarse solo en la montaña. El Tour no se inmuta. El Tour es el tren Sky y sigue inmutable, su ritmo, su plan. Nairo ha atacado a rueda de Dan Martin, el irlandés tan delgado de dinamita y su explosión potentísima desconcierta unos segundos al tren, ocupado en ese momento en tareas logísticas, con su piloto polaco, Kwiatkowski intentándole pasar un gel al Geraint Thomas, el galés, el líder de amarillo fuerte, fortísimo.

Ruge el león de Tunja tan fuerte como había ensayado la víspera, y en la cima levanta los brazos, y está feliz, tan feliz como Thomas por lo menos, que siente que ha ganado el Tour, que Chris Froome, su otra mitad hasta hoy, ha sido derrotado para siempre. No ha necesitado atacar ni siquiera ordenar a sus maquinistas que aceleraran el ritmo tras el colombiano diminuto; el magnífico Castroviejo, aplanado sobre la bicicleta y las narices bien abiertas con su tirita, y escalador como ya lo era hace unos años, cuando ayudaba a Nairo y le prestaba su bici en las averías; el eficiente Poels, el espectacular Bernal que pedalea fácil con sus gafas de aviador cuando a todos les falta el oxígeno y Dan Martin abre la boca como para morderlo, masticarlo, sacar de cada molécula toda la energía que necesita para seguir dando patadas a sus pedales y alcanzar a Nairo y su pedalada de seda, de escalador puro, en su territorio amado.

“No es mi día, G”, le dice Froome por el pinganillo al líder, que es su amigo. Es la señal de rendición que ha tardado 17 días en llegar. Thomas ya no necesita atacar ni temer un ataque de su amigo, que dice basta en la etapa más rápida e intensa del Tour, la que le ha dejado sin aliento, en la más corta y rápida, y no por la salida ridícula con semáforo Tissot de Moto GP incluido desde las parrillas de salida, sino por el deseo del Movistar de ir a bloque, a bloque. Por el deseo de Nairo de escalar a tope y volver a sentirse grande y volver a comprobar que el cuerpo, su cuerpo, está en su sitio.

Alejandro Valverde, el generoso, se cuela en la gran fuga del Peyresourde, y Marc Soler. El murciano no es peligroso en la general, pero no se le puede dejar coger 15 minutos, y el Sky se ve forzado a mantener la distancia corta, tres minutos, tres minutos tope. Y cuando el Ag2r de Bardet, que también quiere mantener la tensión elevadísima en todos los seis millones y medio de centímetros del camino hasta los 2.215 metros del Portet, no puede más, Marc Soler, el debutante de lujo, se descuelga de la fuga y aumenta el ritmo en Azet y la etapa sigue velocísima, sin tiempo para tomar un respiro. Y de todo ello ha necesitado el Movistar para hacer temblar al equipo del líder, tan cruel es el Tour.

Es entonces, en la primera cuesta del Portet, nada más salir de la agitada Saint Lary Soulan, cuando Dan Martin y Nairo revientan la etapa. Pedalean fuerte el primero de los 16 kilómetros del col del Portet, largo pero duro, el más duro y descarnado de todo el Tour, su zigzag, cremallera de asfalto oscuro interminable en la ladera de prados verdísimos a más de 2.000 metros de altitud. Ninguno de los dos figura en la lista de ciclistas especialmente vigilados por los corredores del Sky, que solo tiene dos nombres, los de Tom Dumoulin y Primosz Roglic, pero el tope tope para ellos ya es de un minuto, un minuto. La decisión de Nairo mata a Froome, que deja sus últimas fuerzas atajando un ataque de Roglic, el primero del esloveno tremendo. A por él y a por Dumoulin sí que hay que ir personalmente. Es la orden. Y hasta parece que Froome aprovechará la ocasión para atacar por fin el maillot amarillo y dar legitimidad al liderato del Tour, pero Thomas, elegante y amigo, y con los amigos se es honesto y no se les ataca ni se les toca las narices, dice el galés, no se acelera. Sabe, además, que solo la pelea fratricida desbarata el tren, el tótem sagrado del Tour y de su equipo, el tren Sky. Y es su gran acierto, porque encuentra entonces la ayuda inestimable de Dumoulin, impaciente, que le lleva hasta Roglic y Froome. Y ahí se acaba Froome y se acaba el Tour, al que en los últimos metros, cuando nuevos ataques de Roglic-Dumoulin ya han dejado a Froome enfrentándose a sus límites con la ayuda de Bernal y llevando a rueda a Landa, que tampoco puede más, da la puntilla Thomas con una aceleración larga que le permite entrar solo también, 47s después de Nairo. Y que le permite decir: “Parece que está claro que lo tengo mejor que nadie para ganar el Tour”.

Nairo Quintana, ajeno, pedalea y escala, atrapando a gente de la escapada que intenta pegarse a su rueda imparable y cede, y que le ayuda también, como Valverde, que le espera y le guía hasta que se agota. Nairo deja atrás a Martin y trepa solo, y el niño que es aún, se siente de nuevo en Tunja y en su infancia, subiendo una montaña para llegar a la escuela de Arcabuco. Sin gafas, sus ojos sinceros sin máscara, poco a poco va envejeciendo mientras avanza, y el sufrimiento se mezcla con el placer. Toda la vida le ha pasado por sus piernas y por su cuerpo que está por fin en su sitio, y ese cuerpo se ha transformado, su mirada, sus arrugas. El dolor.

Como a los escritores ante el folio en blanco: sufre pedaleando, y lo odia, y se pregunta por qué lo hace; pero después de haber pedaleado se siente único, pleno, y no se cambiaría por nadie. Le hace feliz haber pedaleado, y lo disfruta. Y es su vida. El león ha rugido.

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