Editorial

Sólo es cosa de abonar la tierra

Brinqué del susto al oír el primer trueno. Parecía que aquel rayo iba a caernos encima. Me acordé de mi papá. Bueno, de lo que dijo la última vez que discutió con mi madre: “Que me parta un rayo en dos, Martha”. Eso dijo, como si de veras uno pudiera andar mitad en un lado, mitad en otro.

Al primer trueno, le siguieron varios. Después, se soltó la lluvia. Mi mamá y yo estábamos en la cocina. Yo la miraba limpiar lentejas. “¿Ves éstas? preguntó señalando un montón de piedritas negras, “es pura basura, pero siempre se cuela por más que te fijes”. Se fue la luz y a ella le entraron los nervios porque caminó por toda la cocina hasta que se puso a hervir agua. Ahí se quedó quieta, con la mirada clavada en el pocillo como si algo se le hubiera perdido ahí adentro.

Cuando el agua empezó a oler a canela, sirvió dos tazas de té con azúcar. Prendió una vela y bajo esa luz mustia y temblorosa, sus ojos se veían encharcados y vidriosos. Le pregunté si todavía extrañaba a mi papá. Luego, luego se le escurrieron las lagrimas y yo me arrepentí por hacerla llorar. Me abrazó fuerte y dijo que sí, que sí lo extrañaba pero que de todos modos me tenía a mí. “Con eso tenemos, le dije, ¿o no?” Sin decir nada, sirvió más té.

Cuando me dio sueño, recargué la cabeza sobre unos trapos olorosos a cloro que había sobre la mesa. Ella me cubrió la espalda con su delantal. Pasó mucho tiempo, porque en una de ésas, cuando desperté todo torcido, el cielo clareaba. Ella estaba sentada en una silla junto a la estufa, dormía. No sabía si despertarla para decirle que había parado de llover y aún nos quedaba un rato para descansar como Dios manda, o si era mejor dejarla ahí medio torcida como yo, pero dormida. No la desperté.

Como a las seis abrió los ojos. “Ya es hora de sacar a los animales” dijo. Después me mandó al mercado. Hay dos caminos para llegar. Yo prefiero cruzar el campo y tomar por el huerto hacia arriba, aunque el camino sea más largo. Porque por ahí las veredas se llenan de frutas: unas bien maduras que saben a pura miel y que yo recojo una a una y que voy saboreando a lo largo del trayecto. Por eso a mí me gusta más este lado del camino. Porque además, por el otro, la desolación se extiende hasta el horizonte. No voy a decir que no se ven arbustos y matorrales, pero nada se compara con los árboles cargados y olorosos a fruta. Es curioso ver tanta abundancia en un lugar y nada enfrente si el sol y el agua les pegan igual a los dos.

Cuando estaba cerca al pueblo, me llegó el olor a azahares, a naranjas. Corté varias para mi mamá. A ver si así se pone contenta. Desde que se fue mi papá, se quedó muy triste. No sólo porque nos dejó. También por lo que le dijo: “Si me voy, Martha, es porque quiero tener más familia y tú estás más seca que una piedra”. Sabe Dios en qué tierra se habrá metido mi papá a echar raíces cuando decidió dejarnos aquí solitos para irse a los Estados Unidos. Lo que sí sé es que desde entones mi mamá se empezó a marchitar. Yo digo que algo se nos pudre por dentro cuando la tristeza se nos entierra así de hondo.

Porque, además, mi mamá no llora, sólo se traga la sal de sus lágrimas. En las noches, se echa los sarapes encima y da vueltas de un lado al otro sobre la cama, hasta que el cansancio se la come de un bocado y al fin la deja tiesa y entonces deja de moverse. Debe ser que las noches le acercan el recuerdo de mi papá y la nostalgia le enfría las sábanas y le alborota el sueño.

Yo digo que a lo mejor con estas naranjas le arranco una sonrisa. A ver si la convenzo de plantar nuestro propio huerto. Sólo hay que limpiar bien la parcela; quitarle toda la basura como se la quita ella a las lentejas, cultivar el terreno. Total, si nada más es cosa de abonar la tierra.

 

1 Comment

1 Comment

  1. Ruth micha

    30/09/2012 at 5:22 pm

    Sofía ” sólo es cosa de abonar la tierra ” es una lección de vida te felicito por con tan sencillas palabras puedas cambiarles a muchos su forma de ver la vida incluyéndome a mi !!! Felicidades espero tu próx. Columna

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