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Viaje a la Sudáfrica blanca de la mano del verdugo del «apartheid»

Johannesburgo – EFE.

A través de sus conversaciones en prisión con quien fuera la mente y, a menudo, la mano ejecutora del régimen del “apartheid”, Anemari Jansen traza un poderoso retrato del verdugo y se asoma, en su libro “Asesino del Estado”, a la parte más incómoda de sus orígenes como sudafricana blanca y afrikáner.

La entrada en 2011 del líder del escuadrón de la muerte del régimen supremacista, Eugene De Kock, en su plácida vida de ama de casa de clase media llevó a Jansen a lanzar una mirada inquisitiva y documentada al pasado que cambiaría para siempre la percepción de su propia identidad. Informa Marcel Gascón/Efe.

Anemari-Jansen“Por un lado están los valores afrikaans del trabajo duro, el amor a la tierra. Pero también la rigidez de las mentalidades, el calvinismo”, dice a Efe Jansen, quien reconoce haber vivido, como la mayoría de su pueblo, de espaldas a las atrocidades cometidas por gente como De Kock para defender sus privilegios.

La forja de su amistad comenzó en 2011, cuando le visitó por primera vez en la cárcel de Pretoria junto a un amigo común. De Kock cumple desde 1996 dos cadenas perpetuas y una tercera pena de 212 años por el secuestro y el asesinato de varios activistas “antiapartheid”.

Jansen quería conocer la cárcel para construir un pasaje del libro de ficción que estaba escribiendo, pero quedó impresionada por el aire distinguido, casi delicado, la conversación inteligente y la sensibilidad de De Kock.

“No es lo que uno espera de alguien que ha hecho cosas terribles”, comenta Jansen, quien enseguida comenzó a seguir sus huellas, repasando los documentos de su juicio y reuniéndose con sus antiguos camaradas.

“Acabé siendo uno más de los chicos”, afirma sobre unos encuentros en los que afloraban recuerdos que también salían a relucir durante la hora de charla que “Eugene” -como llama a quien ha acabado siendo su amigo- tenía asignada para las visitas en la cárcel.

“Hablaba sin parar de la guerra en Namibia, pero era difícil que rememorara los tiempos en Vlakplaas”, la granja de Pretoria donde tenía la base el escuadrón de la muerte que dirigió en los años ochenta.

Jansen lo logró en sesiones que la dejaban exhausta -“la cárcel es un espacio extremadamente intenso”-, en las que entrevió los motivos que llevaron a De Kock a ser un asesino a las órdenes de políticos y generales que le abandonarían después.

“Hay un elemento genético en estos jóvenes llenos de testosterona, que van al combate porque necesitan adrenalina”, afirma la escritora, quien apunta también al ambiente fuertemente politizado y dogmático, de reverencia a la Policía y el Ejército, en las comunidades afrikáners.

Devastado el mundo de la ideología supremacista y anticomunista por el que mató, la rectitud con que De Kock creyó luchar por la cristiandad y por su pueblo ha dejado paso a la asunción de lo que hizo.

Apuntalada por el perdón y la amistad que algunas víctimas han ofrecido al verdugo, una idea recorre el libro de Jansen: De Kock ha ganado su redención a través de la honradez y la verdad desnuda.

El “asesino del ‘apartheid'” obtuvo la condicional el pasado mayo, tras un tiempo en prisión en el que se negó a abandonarse, se mantuvo alejado de las bandas carcelarias y no dejó de leer ni de escuchar la “Primavera” de Vivaldi, elogia Jansen.

En más de una ocasión, le reconoce De Kock, tuvo que defenderse de las amenazas físicas de otros presos. “¡Pero si tienes más de 60 años!”, le replicaba Jansen, mientras el preso aseguraba que todavía podía con cualquiera.

De Kock inicia su nueva vida en libertad debatiéndose aún con las imágenes de sus crímenes, que le atormentan por la noche, y a las que solo vencerá “si construye nuevos recuerdos”, dice la autora.

Aunque Jansen le ve capaz de empezar esa nueva vida buscando un trabajo, cree que la prioridad de De Kock es recuperar el contacto con sus hijos, quienes huyeron cuando los segregacionistas perdieron “la guerra” -como De Kock alude a la caída del “apartheid”-, del monstruo que fue su padre y de un país que le bautizó como “el mal absoluto”.

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